Las redes sociales transforman cada día la manera en que hacemos política y la manera de convivir en democracia. Hoy, una campaña, una propuesta o incluso una declaración de un funcionario pueden generar miles de reacciones positivas o negativas en cuestión de minutos, que luego pueden tornarse en aval o desprestigio hacia una persona o un partido. Cuando se inicia una polémica sobre un tema, cuentas verdaderas y falsas suelen ser empleadas para atacar, desacreditar y provocar desaprobación, difundiendo información de veracidad cuestionable sobre los adversarios, o para defender a un político, difundiendo rumores que le favorecen, provocando discusiones que rápidamente se convierten en verdaderas batallas virtuales.
En una democracia, el gran desafío aparece en la práctica cuando las cuentas de redes sociales buscan manipular la conversación pública y convertir las redes en espacios de confrontación permanente que llevan a la polarización. En la actualidad, plataformas como X, Facebook y TikTok son espacios donde figuras públicas pueden ser atacadas en medio de una guerra de insultos entre “personas” que ni siquiera se conocen, pero que sienten la necesidad de defender a un partido, un candidato o un personaje como si estuvieran haciéndolo sobre sí mismas. Efectivamente, la democracia necesita ciudadanos que puedan expresarse libremente, pero también que sepan cuestionar con respeto a sus gobernantes y exigirles respuestas; de igual forma, el funcionario público debe saber escuchar a la ciudadanía con responsabilidad, ya que las redes sociales son hoy la manera más fácil y rápida para estar en contacto con la colectividad.
Algunos políticos, funcionarios e instituciones optan por limitar o desactivar los comentarios en determinadas publicaciones como una solución ante el desborde crítico en espacios que deberían servir para acercar a la ciudadanía con sus representantes, pero que han terminado siendo tan hostiles que resulta difícil mantener una conversación o interacción respetuosa. Silenciar toda crítica, sin embargo, no es una alternativa óptima, pues se deben aprovechar las redes sociales para facilitar la cercanía entre los gobernantes y los gobernados: la manera en que un político (o quienes sean delegados para administrar sus cuentas) responden a un comentario dice mucho sobre su madurez política. Si una figura pública responde con respeto y empatía, contribuye a fortalecer una cultura democrática, pero si ignora mensajes o contesta de mala manera, contribuye a alimentar la polarización.
La democracia requiere de una ciudadanía capaz de comentar y cuestionar con respeto, así como de políticos anuentes a escuchar y tolerar a sus críticos. Es seguro que no todos pensaremos igual, pero si escuchamos opiniones sin denostarnos ni destruirnos, podremos demostrar que el verdadero desafío de la política del siglo XXI no será solamente ganar elecciones en las urnas, sino aprender a convivir con tolerancia en una nueva realidad digital.