Una sociedad desfigurada es una comunidad cuyas estructuras y valores se han visto alterados, corrompidos o deformados perdiendo su forma original o ideal. Se asocia con la decadencia moral, la profunda desigualdad, la fragmentación y la pérdida de identidad cultural o normas sociales.
Vivimos en una época en la que la trampa ha dejado de ser un acto vergonzoso para convertirse en una virtud celebrada. El tramposo ya no se oculta ni se excusa; más bien, se le admira y se le premia, y se le convierte en buen referente.
Se ha producido una peligrosa distorsión ética, la trampa ya no es una desviación del sistema, sino una estrategia aceptada, e, incluso, recomendada, para sobrevivir y hasta para triunfar. La trampa, disfrazada de ingenio o utilidad, se normaliza en todos los niveles sociales.
Esta normalización de la trampa responde a una transformación social profunda, ya no se distingue entre lo justo y lo injusto, sino entre lo que funciona y lo que no. Lo más preocupante es que nadie parece escandalizarse.
El comportamiento tramposo no es innato, sino aprendido, se forma en entornos donde el discurso público promueve valores como el esfuerzo y el mérito, pero la realidad premia el atajo, el servilismo y el acomodo. En lugar de cultivar la integridad, se enseña la movida y las normas pierden su valor.
Honduras, como otras naciones, paga caro este vicio, se manifiesta en el trámite donde el soborno desplaza la paciencia; en la contratación pública donde el amigo sustituye al competente; en la obra donde se abarata el material y luego se lloran tragedias. Cada pequeña trampa alimenta una gran ruina, instituciones débiles, justicia selectiva y jóvenes que emigran porque sienten que aquí la rectitud no tiene futuro.
Infelizmente, este modelo es promovido desde las cúpulas del poder, el político que roba, pero inaugura obras, es reelecto y considerado eficiente. La ética, lejos de ser un principio rector, se vuelve herramienta decorativa, parte del mercadeo, recurso de campaña, un disfraz.
La reflexión esencial que se plantea es inquietante, el verdadero triunfo de la trampa no es solo que se hayan roto las reglas, sino que nos hayan convencido de que ya no valen la pena. Cuando la ética se convierte en una anécdota y la trampa en virtud, la sociedad entera pierde su horizonte.
La Biblia advierte contra la inversión de los valores morales y la verdad, condena a quienes confunden la justicia con la maldad, llamando a la corrupción bueno y a la verdad malo. En el libro de Isaías 5:20 RV 1960 nos dice: ¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo...! En esencia, es un llamado a la responsabilidad moral y a no pervertir la justicia y la verdad para adaptarla a conveniencias personales perversas. Queda planteado.