Los liberales verdaderos no olvidan el humillante episodio de 2014: el partido Libre ofreció los votos de sus diputados para que estos ocuparan la presidencia del Congreso Nacional. Ocurrió lo insólito: el Partido Liberal prefirió darle el poder del Legislativo a su intransigente enemigo, el Partido Nacional. La suposición más lógica es que hubo millones de lempiras de por medio. Hoy sucede algo parecido.
Aquel vergonzoso entreguismo restregó al Partido Liberal en el suelo, perdió simpatía, respeto y credibilidad. Al preferir un pacto con sus tradicionales adversarios y renunciar increíblemente a dirigir un poder del Estado, demostró tristemente que a su dirigencia solo le interesaba una cuota de poder, más que representar una alternativa para la población.
El ignominioso rechazo de los liberales consolidó a Libre como una fuerza opositora dentro del Legislativo, aun bajo una agresiva exclusión. El Partido Nacional logró control absoluto del gobierno, y desde ahí a personas y organizaciones privadas corruptas y codiciosas, que le permitieron y celebraban los abusos y tropelías que todos conocemos.
Sin querer, nos evoca el poema de Robert Frost “El camino no tomado”, decidir entre dos trayectos determina el futuro, y es obvio que los liberales se fueron por el equivocado. La paradoja de despreciar a su aliado natural -Libre surgió del Partido Liberal- para asociarse y confabularse con el Partido Nacional, que antes encarceló, exilió y asesinó liberales, los debilitó casi hasta la extinción. Solo los rescató la irrupción de Salvador Nasralla.
Siguiendo a Frost, ¿qué habría pasado al aceptar la presidencia del Congreso con los votos de Libre? Esta alianza sería un indomable contrapeso para el presidente Juan Orlando Hernández, lo obligaría a un gobierno equilibrado. Diputados menos dóciles y subordinados evitarían decretos nocivos para el país, inconstitucionales, como las deplorables ZEDE, o la reelección presidencial.
Evitando esa deshonrosa etiqueta de “vendidos” y subalternos del Partido Nacional, los liberales hubieran revertido la falta de credibilidad y, cómo no, tendrían un freno de mano para el declive electoral posterior, que los votantes castigaron implacables en las urnas. Tal vez hoy, ya serían gobierno.
Las abstencionistas elecciones de noviembre -que no son masivas, como nos quieren vender la moto-, están manchadas por un descomunal fraude pocas veces visto, que dejará un gobierno ilegítimo, no representativo y vulnerable. Los nacionalistas, decididos a volver a las suyas, tratan de “convencer” a los liberales de hacerse camarillas de nuevo y atacan rabiosos a Libre.
Otra vez el Partido Liberal puede presidir el Congreso Nacional; pronto sabremos si la ambición, el odio o la impunidad -como pactan algunos de sus encausados dirigentes- son más fuertes que todo. Algunos seudoliberales y otros dirigentes avariciosos me hacen dudar.