Los especialistas concluyeron que el 80% de las compras que hacemos son impulsadas por la emotividad: miedo, ambición, ansiedad, alegría, estrés, incertidumbre. En países como el nuestro, la pobreza, la inseguridad y la polarización determinan las compras: desde un costoso celular, cámaras de vigilancia, camisa de marca o el pan dulce.
La “Economía emocional” es un campo de estudio -no una disciplina académica todavía- que reúne economía, psicología y sociología, y determina además que el resto del gasto, el 20%, son compras racionales, como la canasta básica: arroz, frijoles, azúcar, aceite, etc.; servicios: agua, electricidad, alquiler; medicinas, educación, transporte o internet.
A pesar de la calamidad del país, es sorprendente el gentío que frecuenta mercados, centros comerciales y supermercados; y aunque allí encuentren productos para la supervivencia, el comprador se decanta por todo lo que produce sensación de bienestar, seguridad, estatus; incluidas las compras compulsivas que generan gozo inmediato y, más tarde, arrepentimiento.Una máxima general manda que uno no debe ir al mercadito o al súper con hambre, porque allí todo apetece y termina comprando lo que no necesita.
Aparte, carga el carrito con productos que dan placeres inminentes, cargados de azúcares y grasas: panecillos, galletas, chocolates, frituras, churros, helados, refrescos, y tanto más. El mundo actual casi nos obliga a estar conectados -no importa el estatus social-, además, justifica un tema de seguridad, así que es inexcusable la compra de un celular.
Podría ser cualquiera, pero hay quienes hacen sacrificios inmensos para adquirir el más nuevo, potente, de moda y caro; y hay que agregar el servicio de telefonía, internet y algunas aplicaciones. ¡Cuánto se lleva del presupuesto personal! Hablamos de la inseguridad omnipresente, que obliga a gastar en muros, serpentinas, rejas, cámaras y servicios de vigilancia privada, aunque la protección ciudadana es una obligación del Estado.
El mismo miedo y la sensación de peligro motivan a muchos a comprarse carros, usar taxis o mudarse para zonas menos riesgosas. A pesar de la precariedad, o tal vez por eso, la gente busca bulliciosas válvulas de escape en bares, discotecas, karaokes, estadios, y gasta en bebidas, comidas, música; y aunque las fiestas familiares o las celebraciones de cumpleaños o graduaciones cumplan un papel clave en la cohesión social, no dejan de ser gastos emocionales, a veces mucho más allá del presupuesto personal.
Es fácil intuir que el gasto emocional de los hondureños difiere de los europeos, que resuelta su alimentación básica, seguridad y todo eso, se inclinan por el ocio, experiencias y bienestar; los asiáticos prefieren tecnología, educación y estatus social. Lo que sigue es una educación financiera que incluya la gestión emocional para evitar compras superfluas y endeudamiento impulsivo