Vivimos en una época en la que resulta cada vez más sencillo conocer el último chisme de farándula, seguir durante horas una batalla en TikTok o discutir sobre la vida privada de personas que probablemente nunca conoceremos, mientras ignoramos decisiones públicas que sí terminan afectando nuestro bolsillo, nuestra seguridad, nuestra educación y nuestro futuro. Esa contradicción debería preocuparnos.
Una sociedad que dedica más energía al espectáculo que a sus propios problemas corre el riesgo de convertirse en un simple espectador de su decadencia.
No se trata de condenar el entretenimiento. Todos necesitamos espacios de ocio y distracción. El problema aparece cuando el espectáculo sustituye nuestra condición de ciudadanos; cuando conocemos perfectamente quién pelea con quién en redes sociales, pero desconocemos qué decidió nuestra municipalidad, cómo votó nuestro diputado, cuánto se ejecutó del presupuesto público o qué resultados está ofreciendo el gobierno.
Durante demasiado tiempo hemos cometido otro error: creer que los políticos resolverán por sí solos nuestros problemas.
Delegamos completamente la conducción de lo público y después esperamos resultados. Elegimos autoridades y desaparecemos durante cuatro años, como si nuestro único deber ciudadano consistiera en acudir a las urnas. Mientras tanto, acumulamos problemas históricos que permanecen prácticamente intactos: deficiencias en salud y educación, inseguridad, desempleo, corrupción, infraestructura insuficiente y servicios públicos que muchas veces no responden a las necesidades de la población.
Los años pasan y, en numerosas áreas, en lugar de avanzar sentimos que retrocedemos. Por eso necesitamos redefinir nuestro papel dentro de la sociedad. Debemos dejar de comportarnos únicamente como espectadores y asumir el protagonismo que nos corresponde como ciudadanos. La democracia necesita personas que observen, cuestionen, propongan, denuncien y exijan resultados.
Tenemos que estar encima de nuestro alcalde, de nuestros diputados y del presidente de la República. Preguntar qué están haciendo, cuáles son sus prioridades, cómo utilizan los recursos públicos, qué resultados han obtenido y por qué determinadas promesas todavía no se cumplen. Eso no significa vivir en confrontación permanente con las autoridades. Significa ejercer ciudadanía.
Vigilar lo público no debería interpretarse como militancia partidaria ni como oposición política. Es una responsabilidad democrática. Los recursos del Estado pertenecen a todos y las decisiones públicas afectan directamente nuestra calidad de vida.
El verdadero cambio comenzará cuando comprendamos que Honduras no pertenece exclusivamente a quienes ocupan temporalmente un cargo público. También nos pertenece a quienes pagamos impuestos, trabajamos, estudiamos, emprendemos y construimos diariamente este país.
Podemos seguir observando desde una pantalla cómo otros deciden nuestro futuro o podemos asumir nuestra responsabilidad histórica.
Porque mientras nosotros seguimos distraídos con el espectáculo, alguien más está tomando decisiones por nosotros.