Los tiempos violentos requieren de una institución internacional que devuelva la cordura al mundo. Hace ochenta y un años, cuando se creó la ONU, se pensó en un organismo para estabilizar la demencia de dos guerras mundiales y lograr que los conflictos disminuyeran. Ahora, es solo una pasarela para que cada septiembre presidentes y jefes de Estado vayan a desahogarse sin ningún resultado.
Este mismo día hay en el mundo 29 conflictos armados, aunque las noticias se detengan en la interminable guerra de Ucrania, el brutal genocidio de Israel en Gaza, el ataque contra Irán o la agresión a Venezuela; también se desangran en una guerra civil en Sudán, con 15 millones de desplazados; o en Myanmar, con los recientes 1,800 muertos; o en Yemen, Iraq y Siria. Podríamos agregar la guerra contra el narco en México, Colombia y Ecuador, y la crisis de Haití.
La presencia de la ONU en cada uno de estos enfrentamientos es nula o residual, muy lejos de las esperanzas que despertó su creación. No solo ha sido incompetente para detener los conflictos, evitar miles de muertes y destrucción, sino que tampoco es capaz de aplicar sanciones efectivas contra los agresores.
Sobran las voces críticas que exigen urgentes reformas, empezando por ampliar el Consejo de Seguridad, que desde el inicio está integrado por los ganadores de la II Guerra Mundial (Rusia, Estados Unidos, China, Reino Unido y Francia), y ahora es necesario considerar potencias emergentes como India, Brasil o Indonesia, por ejemplo.
Esos cinco países del Consejo pueden detener con su veto cualquier decisión; por eso, la reforma pretende cambiar ese derecho por una mayoría cualificada que, aparte de incluir más miembros permanentes, se ajustaría a la nueva realidad geopolítica que vive el mundo, con más protagonismo de América Latina, África y Asia.
Cualquiera que haya firmado un contrato o una solicitud a la ONU, incluidos sus programas -PNUD, UNICEF, ACNUR o la OMS-, sabe de la espantosa burocracia que los envuelve y casi los inmoviliza; de ahí que le exijan agilizar los procedimientos para atender con rapidez crisis humanitarias o bélicas.
Otra de las propuestas es sacar la ONU de Estados Unidos, que, con Donald Trump, ha aumentado la marginación y la falta de presupuesto, pero, además, condiciona el ingreso a su país y lo usa como coacción. Encima, este presidente divide la asamblea entre sus súbditos que siguen sus desvaríos y los que se oponen. Ciudades menos peligrosas que Nueva York en Europa, África y Asia se han ofrecido como sedes para diferentes programas del organismo.
El mundo ahora es multipolar, la hegemonía estadounidense se ha desvanecido -solo hay que leer un poco para entenderlo- y el multilateralismo se impone imparable. La ONU tiene aún su espacio de legitimidad, pero, si no hay reformas y no se ajusta a la nueva era, pronto quedará reducida a un simple papel simbólico, a la sombra de lo que pudo haber sido.