Hace cuatro años, tras las patadas, los forcejeos y todo el zafarrancho vivido en el Congreso Nacional -que incluso obligó a que la presidenta de Honduras fuese juramentada por una jueza y no por el presidente del Legislativo- se abrió un período de relativa “luna de miel”. Durante los primeros meses, la ciudadanía optó por dar espacio al Congreso y al gobierno para que hicieran su trabajo, mientras predominaba la expectativa.
Fue entonces cuando comenzaron los discursos desde las autoridades de Libre: primero que “Roma no se construyó en seis meses”, luego que “no se construyó en un año”, después en dos... y así pasaron los cuatro años. Paralelamente, ese partido terminó saliendo del poder.
Hoy observamos una nueva luna de miel en el Congreso Nacional, lo cual, en principio, resulta positivo para el pueblo hondureño. Hemos visto una Junta Directiva electa mediante acuerdos y consensos, con los votos que legalmente se requieren, y no bajo el caos institucional que se vivió hace cuatro años. Es normal que los partidos políticos busquen puntos de encuentro para tomar decisiones; eso es parte del ejercicio democrático.
Sin embargo, es apremiante entender el contexto real: el partido en el poder es el Partido Nacional, y el actual presidente del Congreso Nacional tiene aspiraciones presidenciales. Esto, inevitablemente, le otorga una ventaja política frente a los demás partidos.
Libre seguirá siendo lo que ha sido hasta ahora: un crítico constante del Partido Nacional y del Partido Liberal. Ante ese escenario, surge una pregunta clave: ¿cuál debe ser el papel del Partido Liberal?
El liberalismo debe partir de una premisa clara: no es gobierno, es oposición. Por lo tanto, debe ejercer una oposición crítica, propositiva y constructiva, no radical ni destructiva. Si el Partido Liberal decide plegarse de lleno al Partido Nacional, el único que crecerá será el partido oficialista. Si, por el contrario, asume con seriedad su rol opositor, podrá fortalecer su respaldo ciudadano.
Toda iniciativa que beneficie los intereses generales del pueblo hondureño debe ser apoyada por todas las fuerzas políticas. Y todo aquello que merezca crítica debe ser señalado con responsabilidad. Honduras necesita avanzar en su forma de hacer política: no todo se resuelve a base de insultos. Esa práctica solo genera división, y la familia hondureña merece unidad.
Finalmente, exista o no luna de miel, haya o no acuerdos políticos, el deber de la ciudadanía no cambia. Nos corresponde dar seguimiento y monitorear al Poder Legislativo, vigilar la ejecución presupuestaria de las instituciones del Estado y exigir cuentas donde sea necesario. Ese es nuestro verdadero trabajo como sociedad. Así es como se construye democracia.