La inflación continúa siendo uno de los principales desafíos de la economía hondureña. Más allá de las explicaciones sobre su origen, el verdadero debate debe centrarse en cómo reducirla de manera efectiva.
Cuando un país registra la inflación más alta de Centroamérica, la prioridad ya no es identificar únicamente las causas, sino ejecutar las medidas necesarias para devolver la estabilidad de precios.
El presidente del Banco Central de Honduras (BCH) ha señalado que una parte importante de las presiones inflacionarias proviene de la emisión monetaria extraordinaria realizada durante la administración anterior y del financiamiento cercano a mil millones de dólares otorgado al Gobierno. Desde la teoría económica, ese argumento tiene fundamento: un aumento significativo de la cantidad de dinero, sin un incremento equivalente en la producción de bienes y servicios, termina ejerciendo presión sobre los precios.
Sin embargo, esa no es la única explicación. También influyen el aumento de los combustibles, la electricidad, los costos del transporte internacional, algunos alimentos importados y las tensiones de los mercados mundiales.
Precisamente porque el fenómeno es multifactorial, la respuesta debe ser más decidida y técnicamente consistente.
El BCH debe diagnosticar el problema. Pero su responsabilidad constitucional es preservar la estabilidad monetaria y controlar la inflación. Eso exige decisiones oportunas, aunque algunas resulten impopulares.
Si la inflación permanece por encima de la meta, el Banco Central debe evaluar un incremento de la Tasa de Política Monetaria para moderar el crecimiento del crédito y reducir el exceso de demanda. Debe intensificar las operaciones de mercado abierto para retirar liquidez del sistema financiero, fortalecer el encaje legal, si las condiciones lo ameritan, y evitar cualquier financiamiento monetario adicional al Gobierno que incremente el circulante.
En materia cambiaria, también debe permitir ajustes graduales y ordenados cuando los fundamentos económicos lo requieran. Retrasar artificialmente esos movimientos suele acumular desequilibrios que, posteriormente, terminan afectando aún más la inflación y las reservas internacionales.
Igualmente importante es fortalecer la comunicación del Banco Central. Los mercados necesitan señales claras, previsibles y creíbles. La confianza en la autoridad monetaria reduce expectativas inflacionarias y facilita que las medidas tengan un mayor impacto.
Pero el Banco Central no puede combatir la inflación por sí solo. La política fiscal debe acompañar este esfuerzo con disciplina presupuestaria, control del gasto corriente y una administración eficiente de los recursos públicos. Paralelamente, el país debe acelerar inversiones en energía, infraestructura, logística y producción agrícola para disminuir costos estructurales que presionan los precios.
La estabilidad de precios exige independencia técnica y determinación. Cuando la inflación supera a la de los países vecinos, la inacción termina siendo más costosa que las decisiones difíciles.
El Banco Central debe actuar con firmeza, respaldado por criterios técnicos y no políticos. La inflación castiga principalmente a quienes menos tienen, y combatirla con oportunidad es una de las mayores responsabilidades de toda autoridad monetaria.