Primero fue sorpresivo y después indignante que la FIFA prohibiera en este Mundial de Fútbol que los jugadores dieran entrevistas en español, a pesar de que uno de los anfitriones es México y que ocho selecciones lo tengan como lengua materna. Como ironía, este domingo es la final entre las dos mejores selecciones: España y Argentina, en nuestro idioma.
El episodio fue vergonzoso para la FIFA, interrumpieron entrevistas de jugadores para que hablaran en inglés: censuraron al marroquí Achraf Hakimi, al brasileño Vinicius Junior y al neerlandés Frenkie De Jong. Miles reprocharon al jefe del organismo, Gianni Infantino, su sumisión a Donald Trump, quien unas semanas antes dijo a presidentes adeptos de la región -refiriéndose al español-, “jamás aprenderé ese maldito idioma”.
Eso y más, porque Infantino también entregó a Trump un inexistente y sospechoso premio de la paz y, si no bastara, accedió, a petición de este, a quitar la tarjeta roja al jugador estadounidense, Folarin Balogun. Bueno, hubo cientos de incidencias, pero, también algo superior a los desaciertos ejecutivos de FIFA: medio mundo metido en sí en el fútbol, siguiendo los partidos con insuperable fervor.
Como fanático confeso del fútbol, acostumbrado a ver las ligas los fines de semana y entre semana -cuando se puede-, hemos visto todos los Mundiales desde que tenemos conciencia, y nos ha sorprendido bien el involucramiento de tanta gente siguiendo selecciones y jugadores como propios, para recordar el estribillo “el fútbol une a la gente”.
Unirse no es que todos digan lo mismo, pero sí sobre el mismo tema, porque las redes se desbordaron deslenguadas sobre los partidos. Se destacaron los devotos de Messi y sus detractores; los de Cristiano Ronaldo o “Bicholovers” y sus contras; las simpatías de Haaland; los seguidores de Mbappé, Harry Kane, Lamine Yamal, Bellingham y el descubrimiento de “Vozinha”, portero de Cabo Verde.
Algunos descalifican a la gente diciéndole que opina de fútbol sin saber nada; una terrible contrariedad, porque si no supiera, no le gustaría ni vibraría de emociones. Claro, hay un reglamento y sus recovecos, pero en esencia es el mismo juego que aprendimos de niños. ¿Cómo se gana en el golf? ¿Cómo se puntea en el tenis? Si estos deportes tuvieran reglas sencillas, también serían muy populares.
A lo que iba, el domingo es la final España - Argentina, unos tienen claro su favoritismo y otros tendremos emociones divididas, en lo que coincidimos es que habrá invasión del español: en la cancha, en las ruedas de prensa, en las zonas mixtas, en las graderías; además, el partido es en Nueva York, donde en censo de Estados Unidos dice que un 28 % habla nuestro idioma.
Unos dirán que es el karma, otros “justicia poética” contra ese intento de anglicanizar o acomodar complaciente el fútbol desde un escritorio, esta vez el balón puso las cosas en su lugar y la final será en español.