Para muchas tradiciones cristianas -que tienen entre sus miembros a estudiosos ilustrados- la fe solo tiene sentido si es una elección libre, no una imposición por decreto de políticos demagogos, populistas o ignorantes. Imponer un Estado “cristiano” y la lectura obligada de la Biblia puede tener implicaciones jurídicas, políticas y sociales que, a lo mejor, los diputados promotores no saben valorar.
El primer principio que violan estos diputados despistados -por no decir otra cosa- es la libertad religiosa y de conciencia, el derecho en cualquier sociedad que se presuma democrática de creer o no creer, o de pertenecer a cualquier otra religión, haciendo parecer que las personas no cristianas valen menos y se podrán señalar con el dedo.
Tantos hondureños tienen orígenes familiares en otros países: hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes que llegaron a estas tierras a quedarse, heredaron sus costumbres, tradiciones y creencias, y aunque varios descendientes se convirtieron al cristianismo, también hay entre nosotros judíos, musulmanes, budistas, hindúes y los que no creen ni en la luz eléctrica, pero todos merecen el mismo respeto y protección del Estado.
Muchos eruditos de las iglesias se oponen a forzar la lectura de la Biblia y a romper la Constitución para convertir el Estado laico a confesional por sólidas razones teológicas, éticas e históricas. Es fácil entender que la laicidad no es antirreligión, es exactamente lo contrario, promueve la independencia de creencia y fortalece la libertad de conciencia.
Los especialistas religiosos saben que la imposición de la fe no ha despertado simpatías a través de la historia, y cuando algún gobierno impuso sus símbolos, lecturas o prácticas, el credo se volvió una actividad forzada, se vació el mensaje espiritual y la religión -para mal-, se convirtió en un instrumento del poder.
Pongamos un ejemplo válido: los grandes lectores de libros -entre los que, parece, no están estos diputados- no formaron su fantástico hábito en las clases del colegio o la universidad, donde los obligaban a leer; lo aprendieron en sus casas, entre amigos, en soledad, porque es un ejercicio privado de abstracción y regocijo. La fe es también un acto personal, aunque se viva dentro de la comunidad en la iglesia. Todos saben que a la fuerza ni la comida es buena.
No dudo que algunos diputados cometan esto con buenas intenciones, lo que han aprovechado ciertos pastores beneficiados frecuentes de los gobiernos, que podrán “enchambar” a sus comparsas, y no faltará quien ya está haciendo caja con las ganancias que obtendrá si logra importar miles y miles de Biblias.
Si es necesaria la acción legal y la coerción para imponer el Evangelio, la fe se transforma en ideología. Se termina. Todo esto sin contar que desde el extranjero nos verán con perplejidad, como el retorno a la Edad Media, a una época oscura en que Honduras ni siquiera existía.