La audiencia global del Mundial se proyecta en más de cinco mil millones de espectadores, con más de 1.6 mil millones esperados para ver la final en vivo.
Pero esos datos no cuentan la verdadera historia. Para mí, y me imagino que para muchos de ustedes, el Mundial nos ha servido de distracción: una dulce distracción que nos ha hecho hablar y escuchar, convivir y compartir, estar en familia y con amigos, e incluso con desconocidos. Esta dulce distracción, que nos ha arrebatado el interés por el resto de las cosas, no se debe al fútbol per se, sino a un evento particular, posiblemente el único capaz de captar nuestra atención. A continuación, mi razonamiento.
Vivimos tiempos veloces, saturados de información chatarra. Esa saturación nos roba algo humano: mirar atrás para entender lo vivido, y adelante para prepararnos. Pero el Mundial sí ha logrado desacelerar nuestras mentes, porque nos hemos enfocado en un solo evento. Esto es justamente lo que la neurociencia identifica como una causa de la crisis de atención actual: queremos hacer varias tareas a la vez y terminamos haciendo ninguna bien.
Cuando vemos un partido, estamos concentrados y lo único que nos corta la atención es el mentado “cooling break” -por algo es tan impopular. Lo que nos pasa realmente es que interrumpe el estado de “flow”, término acuñado por psicólogo húngaro-estadounidense Mihaly Csikszentmihalyi, en el que las personas están completamente inmersas en una actividad, experimentando niveles altos de satisfacción.
El Mundial 2026 nos devolvió, aunque sea temporalmente, algo casi extinto: mirar lo mismo, al mismo tiempo, millones de personas a la vez. Todavía recordamos los sombreros volando en el Azteca, durante el partido inaugural entre México y Sudáfrica, la eliminación de mi querido Países Bajos por penales ante Marruecos o Noruega derribando a Brasil con doblete de Haaland. Postales que se quedan, sin explicarlas.
Se pueden -y se deben- criticar muchas cosas del Mundial: el costo de las entradas, la geopolítica de Infantino, decisiones arbitrales discutibles, rivalidades tóxicas (mis amigos del Real Madrid y el Barcelona lo saben bien). Pero, más allá del consumo, el Mundial regaló algo que hace tiempo no vivíamos: una mirada compartida. No olvidaré ver los goles de Messi con mi hija, escuchar a mi madre hablar linduras de su Ronaldo, o a mi suegra decir que va en contra de España, cuando su hija y yerno estudiaron becados allá.
Ahí está lo verdaderamente disruptivo del fenómeno: en una era que promete contenido a la medida para cada uno, el Mundial es posiblemente el último gran evento “monocultural” que nos queda. Hoy el tiempo y la atención son los recursos más escasos que hay, pero el Mundial nos regaló tiempo en comunidad y atención puesta en una sola cosa. ¡Qué dulce distracción!