Honduras ante la sed: del asistencialismo a la custodia del agua

El Estado regala prácticamente el agua en la fuente, financiando indirectamente la sobreexplotación por parte de grandes consumidores mientras condena a la escasez a las grandes mayorías

  • Actualizado: 25 de agosto de 2026 a las 19:32

La agobiante sequía que hoy castiga a la inmensa mayoría de los 298 municipios de Honduras no es un imponderable de la naturaleza ni un castigo divino. Es el síntoma al desnudo de una crisis estructural de largo plazo que los sucesivos gobiernos han preferido gestionar mediante parches coyunturales y medidas de socorro reactivas de última hora.

Frente al colapso de las fuentes hídricas, la declaratoria de emergencia aprobada bajo el decreto PCM-016-2026 intenta llevar un respiro a 75 municipios prioritarios distribuidos en departamentos históricamente castigados como Francisco Morazán, Choluteca, Comayagua, El Paraíso, La Paz y Valle.

Las acciones oficiales contemplan la distribución de raciones de alimentos de 160 libras para más de 24,800 familias —con la meta proyectada de alcanzar 70,000 hogares en el Corredor Seco—, el envío de maquinaria pesada a los gobiernos locales para perforar pozos, y la entrega de geomembranas e insumos para mitigar las pérdidas en el sector agropecuario.

Si bien estos auxilios salvan vidas e impiden el colapso social inmediato de las comunidades rurales, el análisis crítico e imparcial obliga a señalar la cruda realidad: repartir bolsas de comida y abrir pozos a toda prisa bajo el calor del verano atenúa la urgencia, pero deja al país exactamente igual de indefenso para la siguiente estación seca.

En medio de este escenario de angustia, han ganado espacio en la opinión pública propuestas efectistas como la siembra o bombardeo de nubes mediante yoduro de plata o sales. Aunque la idea de forzar lluvias artificiales parece atractiva, vender la modificación atmosférica como la solución definitiva a la sequía constituye una ilusión peligrosa y fiscalmente irresponsable.

La siembra de nubes no crea agua; únicamente intenta acelerar la precipitación en masas nubosas con alto contenido de humedad preexistente. Ejecutar estos programas exige millonarias inversiones en aeronaves, radares e insumos importados, sin garantizar resultados comprobables y corriendo el riesgo ecológico de acumular residuos tóxicos o generar disputas hídricas con regiones vecinas.

A esta miopía tecnológica se suma la peligrosa desvalorización económica del recurso en el país. Mientras que en América Latina el valor económico promedio del agua potable oscila entre los $0.30 USD y $0.80 USD por metro cúbico, en Honduras el canon que se paga por aprovechamiento o extracción masiva ronda apenas los 0.05 centavos de dólar por metro cúbico.

Esta cifra irrisoria no solo evidencia un marco legal totalmente desactualizado, sino que estimula el derroche industrial y agropecuario desregulado. El Estado regala prácticamente el agua en la fuente, financiando indirectamente la sobreexplotación por parte de grandes consumidores mientras condena a la escasez a las grandes mayorías.

A este desajuste económico se suma la destrucción de nuestro sistema hidrográfico, compuesto por 25 cuencas, 133 subcuencas y 6,845 microcuencas. Este tejido vital se degrada ante la falta de guardas forestales y la ausencia de una red efectiva de vigilancia territorial, evidenciada en los 1,073 incendios forestales registrados solo este año, los cuales han calcinado cerca de 108,232 hectáreas de bosques que antes actuaban como esponjas naturales de almacenamiento.

Para superar esta vulnerabilidad recurrente, la primera recomendación pragmática es crear e institucionalizar la Red Nacional de Guardas Forestales Comunitarios. Se debe dotar de presupuesto, equipo y estipendios directos a las familias rurales que habitan en las 6,845 microcuencas, otorgándoles la responsabilidad legal y los medios para prevenir incendios y frenar la tala ilegal.

Como segundo eje estratégico, las jornadas de reforestación deben dejar de ser eventos simbólicos para convertirse en programas masivos de empleo rural temporal. La restauración asistida con especies nativas debe concentrarse prioritariamente en las 133 subcuencas, garantizando la cobertura vegetal indispensable para la recarga de los mantos acuíferos.

En tercer lugar, el despliegue de la maquinaria pesada gubernamental debe orientarse a la construcción de reservorios y cosechadoras de agua comunitarias, condicionando el apoyo agrícola a la reconversión tecnológica hacia riego por goteo que maximice la eficiencia del recurso.

Por último, el Congreso Nacional debe aprobar una actualización profunda de la Ley General de Aguas que priorice el consumo humano, corrija los cánones de extracción ajustándolos al valor real del mercado y reconozca la gobernanza local de los comités de agua. Las bolsas de alimentos, alimentan hoy, pero solo la valoración justa y la custodia comunitaria de las cuencas garantizará el agua del mañana.

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