Por: José Luis Moncada Rodríguez
El reciente proceso electoral deja al Partido Liberal ante una encrucijada histórica que no puede evadirse con explicaciones simplistas ni con la cómoda narrativa del fraude. A mi criterio, lo ocurrido obliga a una revisión profunda, una autocrítica sincera y responsable, y a la identificación clara de nuevos liderazgos que permitan al liberalismo reconstruirse con visión de futuro. La experiencia electoral demostró que, aunque hubo entusiasmo y expectativas, la conducción política y estratégica fue deficiente y terminó pasando factura.
Las candidaturas de Salvador Nasralla y Jorge Cálix fueron, sin duda, experiencias interesantes dentro del proceso. Ambos representaron alternativas que generaron debate y movilización, pero también dejaron al descubierto debilidades estructurales del partido. En el caso de Nasralla, su participación política fue relevante en términos mediáticos, pero careció de un liderazgo capaz de cohesionar al partido y armonizar con el Consejo Central Ejecutivo, que no se integró y trabajó en unidad partidaria, sus miembros confrontaron sin pensar en el partido, deuda de sus actores, pero más de su presidente.
Fue especialmente negativo que la coordinación de campaña quedara bajo la influencia directa de su esposa, quien no logró articular una relación sólida con la dirigencia liberal ni con la base territorial. Este fue un fallo toral que afectó la organización, la estrategia y la confianza interna, priorizando decisiones personalistas sobre el interés colectivo.
Es importante reconocer que la derrota del Partido Liberal no se explica, en gran medida, por un fraude electoral. Si bien el Consejo Nacional Electoral mostró deficiencias administrativas que deben ser señaladas y corregidas, el principal problema estuvo dentro del propio partido: una comisión de campaña mal estructurada, falta de liderazgo efectivo, ausencia de transparencia en el manejo de los recursos y una desconexión evidente entre el candidato y la institucionalidad liberal. Estas falencias debilitaron la credibilidad del proyecto y generaron dudas legítimas en la militancia y en la ciudadanía.
Pese a este escenario adverso, el liberalismo no es un partido derrotado ni en vías de extinción. Mantiene una fortaleza territorial real en 18 departamentos, conserva una base histórica de votantes y cuenta con una representación significativa de 41 diputados en el Congreso Nacional.
El comportamiento de esa bancada será clave en los próximos años: deberá demostrar madurez política, coherencia ideológica y compromiso con los intereses nacionales, actuando como una oposición responsable y constructiva que recupere la confianza ciudadana y sobre todo no someterse a intereses de algunos comerciantes liberales que solo buscan beneficios personales y ampliamente conocidos.
En este contexto, se vuelve urgente identificar y promover nuevos liderazgos. El Partido Liberal debe abrir espacios a figuras con solvencia ética, capacidad técnica y visión estratégica. A mi criterio, existe un potencial candidato, hijo de un expresidente, que reúne méritos profesionales, empresariales, personales y familiares, y que podría levantar una candidatura sólida y competitiva, y pareciera que un conocido conductor de comunicaciones estaría pensándolo, y pueden surgir otros más .
Más allá de los apellidos, el partido necesita liderazgos que representen estabilidad, credibilidad y renovación, capaces de mantener vivo el liberalismo durante estos cuatro años y proyectarlo con fuerza hacia las elecciones de 2029. Asimismo, resulta indispensable avanzar hacia una mayor transparencia en el financiamiento de las campañas.
De cara al futuro, el Partido Liberal debe reformular su estructura, fortalecer su institucionalidad, modernizar su discurso y reconectar con las demandas reales de la ciudadanía. La autocrítica no debe verse como una debilidad, sino como el primer paso para una renovación auténtica. Solo así el liberalismo podrá recuperar su papel protagónico en la vida política nacional y llegar fortalecido al desafío electoral de 2029.