Fumare humanum est

"Aunque creció en un entorno de fumadores, el autor reflexiona sobre cómo el ejemplo familiar le permitió superar la adicción que afecta al país"

  • Actualizado: 07 de agosto de 2026 a las 00:00

Cuando me lo preguntan no lo niego: no fumo, pero sí lo hice cuando estaba en el colegio y antes de los veinte años. Hijo de fumadores, di mis primeros “jalones” a escondidas y siendo niño, mientras quemaba cohetes durante Navidad y Año Nuevo. Más tarde, con los compañeros de secundaria, ahorrábamos vueltos y rascábamos fichas para comprar los cigarrillos de moda, subliminalmente convencidos por la tele, radio y periódicos, de que con ellos “las podíamos más”, estaríamos listos “para la acción” y seríamos “hombres más hombres”.

No era de extrañar y hasta era justificable: crecí entre fumadores y los niños aprenden lo que se hace y dice en el entorno familiar. Mi abuelo Miguel era un fumador empedernido, que había hecho del “humar” (como a él le encantaba decir) una de sus aficiones preferidas. Cuando le conocí, ya fumaba unos mentolados llamados “Pinares” y, con sus hábiles manos de relojero, recortaba los filtros de cada cigarrillo y guardaba los pitillos en una petaca.

Cuando la nicotina daba la orden a su cerebro, el viejo sacaba uno y lo insertaba en una boquilla, acercaba su encendedor de mechero y ¡zas! la flama emergía para prender el otro extremo. Verlo dar la primera bocanada era un espectáculo para nosotros sus pequeños nietos, pues se notaba que experimentaba placer. Luego nos manteníamos lejos, pues el riesgo de ser quemados con la colilla era real y permanente, tanto que hasta hoy comentamos entre primos que si el abuelo Miguel no te quemó alguna vez con su “chenca”, es porque no habías nacido, no lo conociste o no eras de la familia.

Mis viejos también “humaban”. Omito marcas, para no hacer publicidad gratuita ni transgredir la Ley del IHADFA, pero andan todavía por ahí los anuncios, ofreciendo suavidad y calidad mientras le joden los pulmones al marchante y a sus vecinos. Desde hace mucho los veo de lejos y los cuestiono, de la misma manera que aprendieron a hacerlo papá y mamá, cuando dejaron de fumar. Sin métodos, ni parches, ni artilugios mágicos de redes sociales. Ellos dejaron de fumar y punto, de un día para otro, y afortunadamente, para siempre.

Con tales antecedentes, no fue extraño que haya intentado fumar y lo haya abandonado. Ese era el valor del ejemplo de mis progenitores que hemos destacado ya, para bien propio y de nuestra descendencia. Se estima que alrededor del 12% de la población adulta mayor de 15 años de Honduras consume productos de tabaco (850 a 890 mil personas), habiéndose reducido del 20 % que lo hacía en el 2000. Pero no es el único dato: 1 de cada 3 niños es fumador pasivo.

Quien fuma tiene la libertad de hacerlo, siempre que lo haga a solas o con otros fumadores y en los lugares permitidos, sin afectar a terceros indemnes. Nadie debería “fumar” si no ha encendido cigarrillo, pipa o puro. Celebramos que haya espacios libres de tabaco en sitios públicos abiertos y cerrados: el aire es más limpio en ellos y menos riesgoso para la salud. Si fumar es de humanos, que la errática adicción y sus consecuencias sea asumida solo por quien enciende el pitillo. Y punto.

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