Filosofía de la política hondureña

La tragedia hondureña no consiste solamente en tener políticos convertidos en personajes de farándula. Consiste en que, en medio de la pobreza, la inseguridad y la debilidad institucional, aceptemos ser su audiencia.

  • Actualizado: 31 de julio de 2026 a las 13:42

La política hondureña no funciona principalmente a partir de instituciones, programas o debates ideológicos. Su verdadera filosofía funcional es más simple y, al mismo tiempo, más peligrosa: el poder gira alrededor de personas. Aunque formalmente somos una república constitucional, en la práctica vivimos bajo un presidencialismo profundamente caudillista, donde los partidos terminan convertidos en extensiones emocionales de sus líderes.

El regreso de Juan Orlando Hernández vuelve a demostrarlo. El expresidente retornó al país el 26 de julio de 2026, después de haber sido condenado en Estados Unidos por delitos relacionados con narcotráfico y armas, y posteriormente indultado. Para buena parte del nacionalismo, su llegada no representa un episodio que deba examinarse críticamente, sino el retorno del líder indiscutible, recibido entre celebraciones, símbolos partidarios y reivindicaciones políticas.

En el extremo contrario, Libertad y Refundación conserva como figura central a Manuel Zelaya Rosales, quien continúa ocupando la coordinación nacional del partido. Desde ese sector, el retorno de Hernández se presenta como la vuelta de un expresidente condenado y asociado a estructuras del crimen organizado. El antagonismo entre ambos bloques no produce una discusión madura sobre justicia, institucionalidad o responsabilidad política. Produce una confrontación de lealtades: unos celebran todo lo que los otros condenan, y viceversa.

El Partido Liberal, mientras tanto, parece haber escogido el silencio estratégico. No necesariamente porque haya alcanzado una posición de equilibrio republicano, sino porque espera observar hacia dónde se mueve el péndulo. Su prudencia puede parecer sensata, pero también refleja una vieja costumbre de nuestra política: no definir principios mientras todavía exista la posibilidad de negociar intereses.

El pueblo hondureño contempla este espectáculo como si se tratara de un reality show o de una telenovela coreana. Los dirigentes son tratados como celebridades; sus llegadas, discursos, videos y confrontaciones ocupan el centro de la conversación pública. Hasta el partido de los “tiktokers”, capaz de llenar estadios y provocar reuniones con el poder político, se convierte en otro episodio del entretenimiento nacional.

Mientras tanto, en el Congreso Nacional permanecen reformas legales trascendentales, entre ellas cambios al sector eléctrico que todavía esperan completar su debate legislativo. Sin embargo, esas discusiones rara vez despiertan la misma pasión, aunque afecten directamente la economía, los servicios públicos y la vida cotidiana.

La tragedia hondureña no consiste solamente en tener políticos convertidos en personajes de farándula. Consiste en que, en medio de la pobreza, la inseguridad y la debilidad institucional, aceptemos ser su audiencia. La democracia comienza a vaciarse cuando el ciudadano deja de exigir resultados y se conforma con escoger a qué protagonista aplaudir o abuchear.

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