La diplomacia y el multilateralismo como los conocíamos están cambiando demasiado rápido como para que se pueda asimilar con facilidad lo que sucede, su alcance y sostenibilidad. Sin embargo, hay algo innegable a la vista y eso es que la Organización de Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA) tienen cada vez un papel menos protagónico en sus áreas de influencia.
Estamos ante el ocaso de un mundo que surgió de la posguerra en el siglo XX, con organismos multilaterales que pretendían impedir guerras, atender problemas globales –derechos humanos, medio ambiente, crisis humanitarias y más–, y nos adentramos en un mundo en el que se impone el poder y se obliga a aceptar “por las buenas o por las malas”, las políticas que se dictan.
Desde la Oficina Oval de la Casa Blanca, Donald Trump dicta estos cambios radicales que guían hacia ese “Nuevo Mundo”, mientras en China está “Zhongnanhai” –conocido como “el centro del dragón” o el equivalente al Kremlin soviético–, en donde Xi Jinping mueve sus piezas más silenciosamente pero con estrategia para aprovechar los espacios que se abren ante este cambio radical.
Trump ha tomado un poderoso liderazgo internacional y mira como “un mal negocio para Estados Unidos” a la ONU y la OEA, dos organismos con alta dependencia del financiamiento de Washington para sus operaciones normales y para operaciones específicas. Su mensaje es claro: “si la ONU no sirve a los intereses de seguridad de Estados Unidos... Estados Unidos no tiene por qué pagar la fiesta”. En la medida en que cierra los grifos, las diferentes instituciones dentro del sistema de Naciones Unidas se van apagando.
El pomposo lanzamiento de la “Junta de Paz” para Gaza, que “podría intervenir en otras partes del mundo” es un desafío abierto y directo a la ONU, cuyo secretario general, António Guterres, ni siquiera ha encontrado la forma de refutar este esfuerzo que borra claramente una de las funciones del que fuera máximo organismo multilateral.
Desde Nueva York la voz de la ONU ha quedado silenciada o, al menos, totalmente minimizada.
A Trump, además de imponer sus puntos de vista, le basta con cerrar las fuentes de financiamiento para doblegar a aquel organismo creado para ser garante de la paz mundial y velar por los Derechos Humanos y el respeto entre los pueblos y naciones. El amo de la Casa Blanca muestra que Estados Unidos puede resolver conflictos internacionales sin la ONU: promueve acuerdos o negociaciones de paz –Gaza y Ucrania–; y lleva a cabo un cambio de gobierno sin la intervención de la OEA –Venezuela–.
Para imponer a su conveniencia aranceles, ignoró a la Organización Mundial del Comercio (OMC), que no forma parte del sistema de Naciones Unidas, y se adentró en lo que parece será una etapa de intercambio comercial marcado por los intereses geopolíticos de Washington.
Si la OEA sobrevive, verá que su actuar debe girar al “son que le toquen” en la misma ciudad donde tiene su sede. Los presidentes de la región han entendido que no pueden enemistarse con el hombre fuerte de la Casa Blanca, porque su poderío comercial y militar es abrumador. Así se ha visto que los gobiernos de la región se van alineando uno a uno, algunos por convicción o afinidad natural–El Salvador y Argentina–, y otros porque les guste o no, deben obedecer –Venezuela, México y Colombia, principalmente– y hay otros que se resisten, pero terminarán cediendo –Cuba y Nicaragua–. Los demás, se adaptan simplemente a ese nuevo ordenamiento.
Pero no toda la música la pone Trump. En silencio, Xi Jinping aprovecha las coyunturas que se presentan y trabaja en crear lo que parece será parte de un “minilateralismo”, forjando bloques, haciendo alianzas y, en el caso de Latinoamérica, convirtiéndose en socio inversionista y financiero
Estamos en un mundo en el que se juega una especie de partida multidimensional de ajedrez, con distintos tableros o escenarios, pero interrelacionados entre sí. Rusia sigue ocupada por Ucrania, pero EEUU y China mueven sus piezas con velocidad y estrategia. El otro gran actor, la Unión Europea (UE), parece no tener una respuesta adecuada aún ante los desafíos que se plantean y, aunque se mueve en los tableros, no define aún su rol.
La OEA corre el riesgo de quedar como un mensajero de su socio principal o literalmente desaparecer paulatinamente. En la ONU aún veremos movimientos interesantes de las partes, pero lo que no cabe duda es que, al terminar las partidas –o aún antes–, su rol en el escenario internacional no será el mismo.
Estos organismos están diseñados para un mundo que ha dejado de existir. El multilateralismo está muriendo de inanición en Occidente y por sustitución en Oriente. La OEA y la ONU entran en una etapa decisiva de su existencia y los augurios no son para nada halagüeños.