El pueblo no siempre tiene la razón

"Bajo el dominio de la manipulación mediática y el populismo, la verdadera democracia se desvanece, dejando una ilusión de poder entre las urnas"

  • Actualizado: 08 de septiembre de 2026 a las 00:00

La democracia ha muerto; falleció empobrecida y famélica, en los huesos. Junto al resto de sus familiares, agonizó la justicia social, las ideas progresistas, el bien común y el poder constituyente; murieron también, desangrados lentamente, bajo los pies gordos y opulentos de quienes los asesinaron. Los mismos que decidieron ocultar sus muertes, pues los mártires siempre inician las revueltas y revoluciones.

En su lugar, nos venden ahora la ilusión, la nostalgia del pasado, la influencia e importancia de los personajes y las realidades de antaño. Ahora ya no tenemos machetes ni trabajamos el banano; ya no podemos “tomar los medios de producción y exigir”.

Ahora, en cambio, podemos votar, participamos y elegimos a “los que se deben al pueblo y lo representan”. Pero elegimos... ¿Dentro de qué opciones, de qué estructuras, de qué intereses? Elegimos rostros y canciones, vídeos virales y tendencias.

Las conciencias compradas también llegaron a las urnas. Nuestros gobiernos cambian, pero las crisis jamás terminan: se renuevan y consumen el aire de todos.

Entre paradojas democráticas e ilusiones de poder, surgen siempre ellos, victoriosos, con sus puños levantados en celebración, haciéndonos creer en la pulcritud de su moralidad y en su diferenciación: los hombres de familia robustecidos por el espíritu de una fiera indomable, un comandante, un indómito, un incorruptible, el corazón de una mujer, un tigre... los ciudadanos modelo, los mejores hijos de Honduras.

El pueblo no siempre tiene la razón, porque nos confunden y ciegan entre las polarizaciones de nuestra sociedad, entre el espectáculo y la prestidigitación, a veces tan veloz que nadie reacciona o cuya voz se pierde en la muchedumbre; a veces, con el descaro de la impunidad y el dominio del poder.

Claro, la legitimidad política está profundamente vinculada a la voluntad general. El problema no radica en ello; radica en la influencia social de quienes hegemonizan el poder, la opinión pública, el control económico y la manipulación social mediante discursos populistas y victimizantes.

Las máquinas del marketing político jamás se detienen. Es evidente que la democracia puede poner en el poder a quienes no saben ni merecen gobernar. Es evidente que una mayoría manipulada y engañada derivará en una tiranía social.

Con lo cual, ¿cuál podría ser entonces un mecanismo de prevención ante estas dinámicas? Idealmente, debería ser una respuesta individualizada desde las herramientas y las propias capacidades del individuo.

Sin embargo, el cuestionamiento de lo preestablecido, el involucramiento, la crítica constructiva, el debate, el análisis y la participación ciudadana deberían aportar esperanza para que nuestra democracia pueda revivir.

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