Lo insoportable no es únicamente la violencia, sino la facilidad con la que se vuelve parte de la rutina.
Una mujer asesinada no detiene el ritmo emocional de nadie: se comenta, se comparte y se olvida. El dolor ajeno se consume rápido, como una noticia más entre promociones y distracciones. Luego, ese consumo deja un residuo frío: la idea de que ciertas vidas pueden apagarse sin que el mundo se desacomode. Así se fabrica la anestesia colectiva: a fuerza de titulares, de silencio y del “ya no me sorprende”.
En un país donde -según reportes de Naciones Unidas- en promedio una mujer muere de forma violenta cada 24 horas, la pregunta no es solo quién dispara o quién apuñala, sino también qué pasa con quienes miran o se acostumbran a convivir con la tragedia. Cuando una sociedad aprende a no estremecerse, se vuelve experta en sobrevivir, pero también corre el riesgo de deshumanizarse. Y esa es la derrota más profunda: no la estadística, sino el vacío moral que deja la realidad cuando ya no nos duele.
En Honduras, los datos no solo estremecen por su frecuencia, sino por lo que revelan: la tragedia se volvió rutina, el duelo se volvió estadística y el espanto empezó a formar parte del paisaje. Lo verdaderamente grave no ocurre únicamente cuando se mata, sino cuando dejamos de sentir, porque el crimen no termina en el cuerpo que queda sin vida: continúa en la conversación que lo reduce a “otra más” o en la noticia que lo desplaza.
Hay números que describen el ritmo de esta degradación. No se trata de exhibir la cifra más impactante, sino de asumir su significado: vivimos en un calendario donde la vida de las mujeres se cuenta como una pérdida más.
Cuando el dolor ajeno deja de sorprendernos -especialmente el de las mujeres cuya vulnerabilidad ha sido históricamente ignorada o minimizada-, ocurre una transformación silenciosa: la anestesia se vuelve cultura. Se instala una pedagogía oscura que enseña que hay vidas prescindibles que pueden desaparecer sin alterar el día. Y esa idea, una vez aceptada, no se queda en el ámbito del género: contamina la manera en que miramos al pobre, al migrante, al enfermo, al que estorba.
Por eso la pregunta no es únicamente “¿cuántas?”, sino “¿qué nos está pasando?”. ¿En qué momento aceptamos que “todos los días” fuera una frase soportable? ¿Cuándo dejamos de sentir el nudo en el estómago? Tal vez el desafío más urgente no sea mejor acostumbrarnos, sino resistir la costumbre. Esto implica la capacidad de conmovernos no como si fuera un espectáculo, sino como responsabilidad. Porque cuando una sociedad se acostumbra a la pérdida, no solo pierde personas, sino parte de su conciencia.