Pocos presidentes latinoamericanos de los últimos años han logrado proyectar internacionalmente su modelo de gobierno como Nayib Bukele. El Salvador, un país territorial y demográficamente pequeño, pasó de ser asociado durante décadas con las pandillas y la violencia a ocupar un lugar privilegiado en el debate mundial sobre seguridad.
Los resultados en esa materia son evidentes. La reducción de los homicidios y de la presencia territorial de las pandillas ha transformado la percepción interna y externa del país. Existen importantes cuestionamientos sobre el régimen de excepción, las detenciones y el respeto de determinadas garantías; pero también existe una realidad: Bukele convirtió la seguridad en el principal escaparate de su gobierno.
Y además ha sabido comunicarlo. Bukele entendió algo fundamental de la política contemporánea: tan importante como hacer es saber contar lo que se hace. Cada operación, infraestructura, decisión o resultado forma parte de una narrativa cuidadosamente construida. Ese fenómeno ya trascendió las fronteras salvadoreñas.
El ejemplo más reciente podemos encontrarlo en Colombia. El presidente Abelardo de la Espriella ha impulsado una política de seguridad mucho más agresiva frente a los grupos criminales. Sin embargo, ha añadido un elemento particularmente llamativo: él mismo aparece con una pistola al cinto, acompaña operaciones de las fuerzas de seguridad y ha divulgado imágenes de los cadáveres de personas abatidas.
Allí encuentro una diferencia importante entre gobernar y escenificar el gobierno.
Como dice mi mamá: “zapatero a su zapato”. La función de un presidente es dirigir las políticas públicas, establecer prioridades, coordinar instituciones y exigir resultados. Para ejecutar operaciones existen policías y militares profesionales. Un mandatario no necesita convertirse en una especie de Rambo para demostrar autoridad.
El problema aparece cuando gobernar comienza a confundirse con producir contenido. Las redes sociales permiten acercar el poder a los ciudadanos, pero también pueden convertir la gestión pública en una especie de reality show donde cada decisión parece necesitar una fotografía, un video o una escena espectacular.
Deseo, naturalmente, que Colombia tenga éxito en su lucha contra la criminalidad. América Latina necesita ciudades seguras, instituciones fuertes y condiciones que permitan vivir, invertir y hacer turismo sin miedo. Pero seguridad y espectáculo no necesariamente son sinónimos.
Ese quizá sea uno de los aprendizajes que debemos extraer del denominado efecto Bukele.
Los países pueden estudiar experiencias ajenas, identificar políticas exitosas y aprender de sus resultados, pero ningún modelo puede importarse como si fuese un producto terminado. Colombia no es El Salvador, Honduras tampoco lo es. Cada sociedad posee instituciones, dimensiones territoriales, criminalidades e historias diferentes.
Lo verdaderamente extraordinario es que un pequeño país centroamericano haya conseguido que presidentes, candidatos y gobiernos de todo el continente discutan su experiencia.
Ese es, probablemente, el mayor alcance del efecto Bukele: El Salvador dejó de observar modelos extranjeros y consiguió que el mundo comenzara a observar el suyo.