Hace apenas dos décadas, el Índice de Libertad Global de Freedom House mostraba que el 46% de los habitantes del planeta vivía en países que se consideraban “libres”. Al cierre de 2025 apenas un 21% de la población mundial vivía en países que gozan de libertades. Una alerta para las democracias.
El informe divulgado hace unos días muestra que hay un consistente deterioro de la libertad como tal, lo cual se traduce en que, cada vez menos, las personas viven en países calificados como “libres” –por la puntuación que obtienen–, mientras que aumentan los que están en países que solo alcanzan a ser considerados “parcialmente libres” o “no libres”.
Posiblemente el aspecto más relevante del último informe sea que Estados Unidos, uno de los países que en pasado fue ejemplo por su sólida democracia y respeto a todas las libertades, ha tenido en el primer año del presidente Donald Trump, la peor caída en su calificación desde 1973, cuando Freedom House hizo la primera medición global.
Esta caída histórica de Estados Unidos supone bajar a una calificación de 81/100 puntos –tres puntos menos que el año anterior–, producto de una erosión de los contrapesos, los ataques a la disidencia del trumpismo, el desprecio por la legalidad –doméstica e internacional–, lo mismo que hacia la prensa independiente.
Lo malo de esta caída es que, cuando la que ha sido una de las democracias más influyentes del planeta flaquea en sus valores y principios, el mensaje para los autócratas –que abundan por todos los continentes– es alarmante, pues les dice: ¡los límites no existen! Eso quiere decir que el poder se coloca por encima de las libertades ciudadanas y, lo que es peor, por encima de las propias instituciones.
Si a eso sumamos algo que comentaba en anteriores oportunidades sobre la desinformación y la polarización política que se observa globalmente, pues el efecto puede ser no sólo más profundo, sino de impacto más inmediato y preocupante.
Otro factor para tener en cuenta es que uno de los muros que protegen todas las libertades y derechos humanos, la libertad de expresión, está sufriendo grandemente. No es casualidad que el país que fuera “paladín” de la libertad de expresión y de prensa, el mismísimo Estados Unidos, ha visto un retroceso como nunca, con un presidente enfrentado constantemente –casi en todas sus conferencias de prensa– con los periodistas que cubre la Casa Blanca. Peor aún han sido las demandas multimillonarias que el mandatario ha iniciado contra medios de gran prestigio en su país y a nivel internacional, simple y sencillamente porque no le gusta el enfoque de sus contenidos editoriales.
Este ejemplo de un poderoso líder que desmantela la democracia desde adentro no es buen augurio para el resto del mundo, pero especialmente en nuestro hemisferio. En Latinoamérica se observa ya una tendencia muy fuerte hacia gobernantes autoritarios, ahora de derecha, como ante lo han sido de izquierda.
Por cierto, uno de los países que ha tenido una de las peores caídas en ese Índice de Libertad Global, es El Salvador, que perdió 5 puntos porcentuales en un año, aunque se sitúa todavía entre los países “parcialmente libres”. El informe advierte que en ese país se ha perdido la independencia judicial y se ha erosionado la libertad de expresión, además de vivir bajo permanente estado de excepción que limita las garantías individuales de los salvadoreños.
Pero hay que reconocerlo como una auténtica paradoja del siglo XXI: aún con restricciones de libertad ciudadana, la popularidad del presidente Nayb Bukele se mantiene intacta –por encima del 85%–. Se puede decir que El Salvador es un virtualmente un laboratorio donde se prueba que un pueblo puede entregar sus libertades civiles a cambio del orden y seguridad, un modelo que otros gobernantes de la región pueden intentar replicar.
El desastre político de Perú permite ver también un desgaste de la democracia y las libertades restringidas; en Guatemala (48/100 puntos) el constante asedio judicial genera desgaste a las libertades y no se puede hablar de una democracia funcional. República Dominicana (67/100 puntos) es el más estable de los países en donde se publica esta columna semanalmente.
Lo malo es que la libertad –o libertades– se está volviendo una paradoja, curiosamente, muchas veces aceptada por las propias sociedades.
La caída de Estados Unidos en el índice no es un dato meramente estadístico, es una advertencia para toda la región: si la democracia más antigua del continente permite que se irrespeten las leyes nacionales e internacionales, que se persiga y hasta silencie a la prensa y se erosione la verdad, los autócratas prácticos o de corazón en Latinoamérica, se sentirán validados para terminar su trabajo.
No hay que perder de vista que la libertad no es algo que se pierda de un golpe... es algo que se desvanece en el silencio de quienes dejan de exigir sus derechos.