El Día Después de Maduro, la tutela fue la única salida responsable para Venezuela

  • Actualizado: 03 de enero de 2026 a las 13:05

La madrugada del 3 de enero no cerró una crisis; la abrió. La captura de Nicolás Maduro en Caracas fue el golpe decisivo que muchos creían imposible. Pero el verdadero terremoto llegó horas después, cuando Washington anunció lo que nadie esperaba oír en voz alta en el siglo XXI: Estados Unidos asumiría el control de la transición venezolana hasta que el país pudiera ejecutar una salida propia, adecuada y juiciosa hacia la democracia y el Estado de derecho.

Las reacciones fueron instantáneas y previsibles. Para unos, una línea roja cruzada. Para otros, una medida extrema ante una realidad extrema. Sin embargo, una vez pasada la adrenalina de la operación y disipado el ruido ideológico, queda una pregunta más incómoda y más seria que cualquier consigna: ¿qué alternativa real existía la mañana siguiente?

Este informe sostiene que la decisión no fue fruto de arrogancia ni nostalgia imperial. Fue el resultado de una lógica dura, histórica y profundamente escéptica: entregar el poder demasiado pronto a estructuras locales corroídas habría condenado a Venezuela a repetir su colapso, con nuevos rostros y las mismas cadenas.

I. El error de creer que la caída del tirano restaura el Estado

La política moderna está llena de una fantasía persistente: que la caída del líder restaura automáticamente el orden. Funciona en Estados sanos. No funciona en Estados capturados. Y Venezuela llevaba años siendo exactamente eso: un país donde la autoridad pública fue absorbida por redes criminales, rentistas y aparatos de coerción.

Cuando Maduro cayó, no emergió un árbitro neutral. No apareció una judicatura confiable ni una fuerza de seguridad profesional lista para obedecer a civiles. Lo que existía era un vacío rodeado de actores armados, economías ilícitas y élites entrenadas para sobrevivir en la oscuridad. En ese escenario, la consigna de “que gobiernen los venezolanos de inmediato” sonaba noble, pero era estratégicamente infantil.

La pregunta real no era quién debía gobernar, sino quién podía impedir que los de siempre volvieran a mandar.

II. Por qué la prisa democrática suele ser el mejor aliado de la corrupción

La intuición democrática es impaciente. Quiere elecciones rápidas, banderas, juramentos. Pero la historia enseña lo contrario: las elecciones sin Estado producen democracias de cartón. Cuando la coerción, la justicia y la renta siguen en manos de redes opacas, los comicios no inauguran una era; legitiman un reparto.

En Venezuela, tres realidades hacían suicida una transferencia inmediata:

1. La seguridad: los aparatos armados estaban incrustados en economías ilícitas. Sin depuración y mando unificado, cualquier gobierno civil habría gobernado con permiso.

2. Las instituciones: tribunales y organismos electorales habían perdido credibilidad operativa. Un árbitro roto no produce juego limpio.

3. La economía política: la renta petrolera había sido el combustible de la captura. Sin reglas transitorias claras, volvería a comprar lealtades en semanas.

Acelerar la entrega del poder no habría producido democracia. Habría producido recaptura.

III. La secuencia que los románticos olvidan

Las transiciones exitosas no son poéticas; son secuenciales. Primero, seguridad. Luego, instituciones. Después, economía. Al final, elecciones. Invertir el orden es como levantar el techo antes de los cimientos.

La decisión de ejercer control transitorio buscó imponer esa secuencia. No por amor al control, sino por miedo al caos. En política, el miedo bien fundado suele ser más responsable que la fe ciega.

IV. Cuando la tutela fue el puente hacia la soberanía

El siglo XX dejó lecciones que hoy muchos prefieren ignorar. Tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón no recuperaron su soberanía al día siguiente del colapso. Pasaron por administraciones externas que hicieron tres cosas con disciplina casi quirúrgica: desmantelaron los aparatos autoritarios, reconstruyeron instituciones y ataron la recuperación económica al Estado de derecho.

Nadie los llamó “protectorados eternos”. Se entendió que la tutela era el precio de una salida duradera. La rapidez no fue la virtud. La secuencia correcta, sí.

Creer que Venezuela —más debilitada, más criminalizada— podía saltarse esas etapas habría sido un acto de voluntarismo peligroso.

V. La advertencia reciente que nadie quiere recordar: Afganistán

Si Alemania y Japón muestran lo que funciona, Afganistán muestra lo que ocurre cuando se entrega el timón demasiado pronto. Allí, la obsesión por “localizar” la gobernanza consolidó un poder central formalmente democrático, pero alineado con señores de la guerra y redes clientelares. El gobierno de Hamid Karzai terminó más cerca de intereses corruptos que de la reforma real.

La soberanía formal llegó antes que la capacidad institucional. El resultado fue una democracia vacía y, finalmente, el colapso. La lección es brutal: ceder el poder sin depurar el sistema no es respeto; es abandono.

VI. El petróleo: el botín que podía arruinarlo todo

En Venezuela, la economía no es un telón de fondo; es el campo de batalla. La renta petrolera financió la captura del Estado durante décadas. Sin controles transitorios estrictos, habría vuelto a hacerlo. Por eso, una tutela responsable debía incluir reglas claras de gobernanza económica, auditorías independientes y un uso visible de los recursos en beneficio del ciudadano común.

No se trataba de explotar la riqueza, sino de impedir que la riqueza explotara la transición.

VII. Tutela no es dominación: la diferencia está en los límites

La palabra “control” despierta fantasmas históricos comprensibles. Pero confundir tutela temporal con dominación permanente es un error analítico. La diferencia no es retórica; es operacional:

• Mandato limitado y público, con condiciones claras de salida.

• Transferencia gradual y verificable a autoridades locales reformadas.

• Supervisión regional e internacional para evitar arbitrariedades.

• Centralidad del ciudadano, no de élites recicladas.

La retirada inmediata, en cambio, suele beneficiar a quienes mejor saben moverse en la penumbra.

VIII. El efecto dominó regional

Venezuela no es una isla. Una transición fallida habría desatado nuevas olas de migración, ampliado economías ilícitas y ofrecido oportunidades a actores externos deseosos de llenar vacíos. Desde esta perspectiva, controlar la transición no fue un capricho; fue una medida de contención regional.

IX. La lógica incómoda detrás de la decisión

Reducida a su esencia, la lógica fue esta:

1. Un Estado capturado no se reforma solo.

2. La prisa electoral sin árbitro reproduce la captura.

3. La tutela temporal, con límites claros, puede abrir el espacio para una democracia real.

No garantiza el éxito. Pero minimiza el riesgo del fracaso inmediato, que era la amenaza más concreta el 3 de enero por la mañana.

X. El veredicto de la historia

La historia castiga dos pecados con igual severidad: intervenir sin salida y retirarse sin responsabilidad. Alemania y Japón recuerdan que la tutela puede ser el puente hacia la soberanía. Afganistán advierte que entregar el poder demasiado pronto puede destruirla.

Venezuela se encuentra ahora en ese filo. La decisión tomada tras el 3 de enero no fue elegante ni popular. Fue defensiva, histórica y profundamente escéptica. Si se ejecuta con disciplina, transparencia y una salida clara, puede abrir una puerta que llevaba años cerrada.

Si falla, el costo será alto. Pero el costo de no intentarlo —de repetir la farsa de una transición capturada— habría sido, con casi toda certeza, mucho peor.

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