Cuando una discusión es baldía, intempestiva o demasiado sutil, se dice que es bizantina. Un intercambio prolongado y sinfín de opiniones que no pueden probarse convincentemente de una u otra forma, o esas largas diatribas entre dos sujetos que arguyen, sin que lo hablado haga sentido para el común de las personas, también califican como tales.
Bizancio o Constantinopla, la ciudad más importante del Imperio Romano de Oriente en el primer milenio de nuestra era, fue también la sede en sus días de notables disputas religiosas sobre temas variados del dogma cristiano.
Algunos de ellos fueron trascendentales (como la procedencia del Espíritu Santo o “cuestión filioque”) y llevaron a la ruptura definitiva o “cisma” entre la Iglesia Cristiana Occidental y la Oriental (hoy llamada “Ortodoxa”) en el siglo XI.
Otras, como el uso o no de figuras sagradas del cristianismo para objetos de culto, provocaron (en la misma Bizancio) destrucciones masivas de pinturas o esculturas sacras (iconos) y graves enfrentamientos entre iconoclastas (quienes las destruían) y la población favorable a su uso; igual puede decirse de la definición de la naturaleza humana o divina de Cristo, que condujo a la violencia y asesinatos.
Entre todas esas diferencias de criterios que apasionaban a los primeros cristianos, destacan hoy las que versaban sobre aspectos de nimia relevancia como la que se concentraban en el sexo de los ángeles, a dónde van los niños que fallecen sin bautizar o si Jesucristo se reía.
Estas últimas -que a más de uno hace aflorar sonrisa socarrona- son precisamente las que dieron fama a la peculiar manera de discutir de los creyentes de Oriente, dando nombre y apellido a cada controversia inútil de esas que pululan por ahí, antiguas o novísimas.
Hagamos recuento de algunas que hay entre nosotros: si se cambia el himno nacional (o una de sus estrofas), si se modifica el nombre al país, si se adopta el “hoy no circula”, dónde se hacen las mejores rosquillas, si se dice “charamusca” o “topogigio”, de qué departamento son las mujeres más lindas o los hombres más “machos”, etc.
Agregue usted un tema intrascendente, de esos que con frecuencia se discuten por ahí, entre amigos, colegas (y hasta en los medios de comunicación) y se percatará que con relativa facilidad caemos en el vicio de polemizar con los demás sobre banalidades.
En ocasiones, temas trascendentes se debaten con ligereza, cayendo en un peloteo que solo puede llamarse bizantino. Un buen ejemplo es el que provocó el gobierno anterior con la tonalidad del azul de la bandera nacional, al que contribuyeron supuestos historiadores poco rigurosos.
Si bien discutir es un excelente ejercicio para las neuronas, no son pocos quienes trivializan las materias de controversia, a veces esenciales para la vida nacional.
Todo mundo tiene derecho a debatir ante un micrófono, cámara y redes sociales sobre el sexo de los ángeles. Eso no se discute. Tampoco qué hacer con el dial de la radio, el control remoto de la tele y el botón de “unfollow”.