Dies irae

Los días de elecciones son parecidos al terrible día del juicio final. Los aspirantes acuden siempre como mansos corderos al escrutinio de los electore

  • Actualizado: 09 de enero de 2026 a las 00:00

Los días de elecciones son parecidos al terrible día del juicio final. Los aspirantes acuden siempre como mansos corderos al escrutinio de los electores, confiando en que estos sabrán distinguir entre sus virtudes y faltas.

Implorando -casi suplicando- la atención de sus implacables jueces, esperan ansiosamente ser situados a su diestra, en el rebaño de los especímenes buenos y salvos, lejos y separados de los desechados y condenados.

De rodillas, con el corazón acongojado, casi hecho cenizas, saben que pusieron su vida en manos de las volubles masas para buscar una redención que les alejara de las ardientes llamas de la venganza o al menos del duro olvido. Una vez concluidas las cuentas, desearán experimentar la gloria de su elección, mas nunca el implacable destino de la indiferencia.

Los votantes aguardarán pacientemente a que se cumpla el tiempo del mandato previsto. Cuando llegue de nuevo ese momento, una vez más separarán el grano de la paja y enviarán al fuego eterno a aquel que no les haya servido.¿Existe una fecha ideal para este inclemente ejercicio? Ciertamente, no. Puede practicarse cualquier día de los doce meses del año, descartadas las festividades, así como cualquier día podría ser el de la ira celestial.

Veamos: al otro lado de nuestra frontera sur, se elige presidente en marzo, más lejos en el Uruguay es en octubre, mientras los chilenos lo hacen en diciembre. En Colombia y Panamá es en mayo; un poco más al norte, los mexicanos votan en julio y los gringos en noviembre (como nosotros). Las fechas pueden ser diferentes, pero se respeta su periodicidad.

Nosotros acudimos cada cuatro años a elecciones generales el último domingo de noviembre, mientras el período presidencial inicia el 27 de enero (antes era cada seis). Así es a partir de la Carta Magna de 1982, aunque la de 1957 establecía para ello el 21 de diciembre y la de 1924 el primero de febrero. Antes de esas fechas, deberían haberse efectuado elecciones generales, detalle este que no se hacía o no se hacía bien, como bien registra -y para mal- la historia nacional. Las fechas mencionadas eran sin duda adecuadas, considerando nuestra ubicación geográfica y clima tropical.

Las elecciones primarias seguían esa misma lógica en la normativa electoral, enseñando la historia que es preferible hacerlas el mismo año de las generales -y no el anterior- para evitar incómodos vacíos de poder o desvaríos autoritarios que perturbaran por igual a gobernantes en ejercicio o aspirantes. Por eso se acordaron reformas.

Habiendo fracasado en el control de los excesos de la propaganda, el uso oficial de recursos nacionales para campaña y ahora en la composición y formas de operar de los órganos electorales, los partidos deben ser cuidadosos con esa lista de “reformas” que se han apresurado a ofrecer, sin mayor análisis y sin tener votos suficientes ni acuerdos, los “voceros” de siempre. Dar atol con el dedo no será de ayuda: o hay reformas o se van todos.La paciencia del pueblo se acabó y cuando es así, es como la ira de Dios, implacable.

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