El panorama global actual exhibe una notable inestabilidad, marcada por conflictos armados cuya escalada está estrechamente vinculada a las decisiones de política exterior de los Estados Unidos. Diversos análisis críticos señalan que la crisis energética global, manifestada en la volatilidad de los precios del petróleo y la alteración de las rutas de suministro, se intensificó a partir de las tensiones bélicas promovidas por la administración de Donald Trump en Medio Oriente. No obstante, el debate público suele omitir la corresponsabilidad de Washington en estas disrupciones económicas.
Esta proyección de poder se formaliza en América Latina mediante el “Escudo de las Américas”, una estrategia articulada en pilares económicos y de seguridad, cuyo trasfondo es predominantemente político-militar. El caso de Venezuela ilustra esta dinámica: la intervención estadounidense se justificó inicialmente bajo la premisa de combatir el narcotráfico, desplegando un contingente militar que provocó víctimas civiles en la región. Sin embargo, tras la consolidación de su influencia en el territorio, el enfoque punitivo se desplazó hacia la explotación de los recursos energéticos.
La erosión de la legitimidad electoral contemporánea responde a una crisis estructural de las instituciones democráticas, tanto en el núcleo del poder estadounidense como en su periferia geopolítica. El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 -condenado en su momento por figuras como el expresidente George W. Bush, quien advirtió que “así es como los resultados electorales son impugnados en una república bananera”- no constituyó un hecho aislado, sino el síntoma de una polarización instrumentalizada que socava las normas de traspaso pacífico del poder. Inédito en América: la calidad democrática de EE. UU. cae al tener un presidente con juicios pendientes en este período y una práctica que se extendió a algunos países del continente.
Particular atención demanda Cuba. La Isla más grande del Caribe sufre una asfixia económica extrema por un bloqueo total que afecta combustible, medicinas y turismo, sumado a sanciones a terceros y riesgo de una intervención militar.
Los procesos electorales recientes reflejan una intensa pugna discursiva donde Washington busca contener o alinear giros ideológicos. El caso de Brasil ilustra esta tensión sistémica: la polarización extrema convirtió la contienda entre Luiz Inácio Lula da Silva y Jair Bolsonaro en un referéndum simbólico sobre las corrientes globales de la política, demostrando que la soberanía de las urnas en la región permanece asediada por factores exógenos y fracturas internas de credibilidad institucional. El triunfo de Lula en Brasil y las elecciones de medio término en EE. UU., donde se redefinirá la composición del Senado y el Congreso, más el fracaso de algunos gobiernos como el de Argentina y el de Colombia.
Lo anterior hace que pudiésemos estar a las puertas de un nuevo escenario, menos confrontativo y con un clima de paz y de diálogo constructivo.