Cuando el sistema político colapsa

Perú es sin duda un país de América mostrando lo que sucede cuando el sistema político colapsa y las instituciones, debilitadas y desgastadas, son incapaces de recomponer el camino

  • Actualizado: 20 de febrero de 2026 a las 13:09

Una crisis económica sin precedentes en Argentina en el inicio del siglo XXI, provocó que cinco presidentes se sucedieran en la Casa Rosada en apenas 11 días. Aquello fue un auténtico terremoto político, pero provocado por una causa parcialmente ajena al sistema, aunque vinculada al fracaso de los anteriores gobiernos de aquel gigante sudamericano.

Hoy estamos ante un caso que tiene algunas similitudes, aunque con agravantes evidentes que hacen pensar que la crisis que enfrenta Perú desde hace una década –al menos– será difícil de resolver, porque ha reunido demasiados ingredientes que permiten calificarla como un “laberinto perfecto”, por el que han transitado los ocho presidentes que han gobernado sin encontrar la salida, más allá de la renuncia o la “vacancia”.

En el siglo XX, los golpes de Estado militares eran noticia cotidiana a lo largo y ancho de Latinoamérica. En Perú, como sucedió en Argentina en 2001, los cambios de presidente no han sido producto de movimientos militares, sino del fracaso del sistema político. Los peruanos cambiaron el taconazo de las botas por el manotazo constante de un Congreso que gusta del “golpe parlamentario”.

Lo que ha sucedido no es producto de la casualidad ni de la temporalidad. Las causas están claras y a la vista: el multipartidismo provoca que los presidentes lleguen con poco respaldo popular –fragmentación–, un Congreso con demasiado poder que se impone ante débiles gobernantes e instituciones disfuncionales por todo el Estado. Si a eso sumamos una corriente de los últimos años, la desinformación de las masas, pues no es complicado entender el porqué del fracaso del sistema.

Más bien pareciera que los peruanos se han esforzado en diseñar un sistema institucional fallido que mantiene al país –y su pueblo–, por el camino de la incertidumbre. Muy pronto tendrán elecciones “democráticas”, pero cuando se tenga que emitir el voto, cada peruano no tendrá la opción real de “elegir”, sino más bien la de “descartar”.

El otro camino es que surja una figura muy fuerte y dominante –al estilo de Fujimori o Bukele–, y el país vuelva al autoritarismo, muy alejado de los principios democráticos.

Al complejo escenario que viene arrastrando Perú –que por cierto tiene algunas similitudes en otros países–, hay que sumar otros ingredientes que no podrán ser descartados de ahora en adelante. La desinformación y el uso y abuso de la IA con fines oscuros, que pueden modificar los escenarios electorales y las corrientes de opinión pública.

El mundo ya no es el de antes por estos dos fenómenos presentes y poderosos. Las redes sociales han eliminado el filtro de la verdad, que venía a ser el de la prensa independiente. Por eso ahora vemos que hay mucha polarización en las distintas sociedades, en donde los mensajes distorsionados llegan a audiencias seleccionadas y las convierten en adictos fanáticos. Con la llega de la IA se ha podido apreciar que el daño de las “fakenews” puede ser mucho más profundo, e incluso irreparable en plazos cortos, como son las campañas electorales.

Pero llegar a este punto ha requerido que la institucionalidad se resquebraje. Políticos corruptos, incompetentes o que responden a intereses oscuros en los congresos; la justicia en manos criminales; procesos electorales manipulados; multipartidismo o partidos políticos convertidos en vehículos electoreros; y la cooptación institucional por fuerzas paralelas al sector político, son las fuerzas que provocan una catástrofe.

No debemos olvidar que el fracaso de los sistemas políticos es el que abre las puertas a los autoritarismos y dictaduras. Así sucedió en Venezuela, Nicaragua y El Salvador. Lo que se encuentra en esos países son instituciones fallidas, sin capacidad para defender lo que los mandatos constitucionales consideraron en su momento.

Guatemala es un ejemplo interesante. La institucionalidad está –en gran medida– en manos de fuerzas corruptas y antidemocráticas. Ahora mismo se libra una batalla por recobrar la independencia de las instituciones, pero esas fuerzas perversas tienen poder y se niegan a perderlo. Para tener una idea de su alcance, se puede decir que controlan la Corte de Constitucionalidad (CC), la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y varias Salas del Organismo Judicial, pero también la Procuraduría de los Derechos Humanos, la Universidad Nacional y el resto de las instituciones que son satélites importantes del sistema de justicia.

Un parecido patético con Perú: en Guatemala hay al menos 30 partidos políticos y las papeletas de votación se parecen cada vez más a un cartón de lotería.

Ahora mismo empieza a circular en redes sociales la “necesidad” (¿?) de un Bukele para el país.

Hay mucha fragilidad en gran parte de los sistemas políticos del continente, pero las corrientes no son halagüeñas. El autoritarismo funciona un tiempo, quizá varios años, pero no hay que olvidar que, cuando el poder es absoluto, corrompe absolutamente. Eso es terminante.

Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias