Con otra óptica: Una antología sagrada

El asunto es imponer lógica sobre magia y no resbalar en la pendiente del fanatismo religioso como hicieran ciertos diputados en fecha reciente”

  • Actualizado: 25 de mayo de 2026 a las 00:00

En febrero escribí un artículo, moderado pero firme, sobre lo inconveniente de enseñar crudamente la Biblia en el sistema educativo, moción expuesta por ciertos diputados fanáticos.

Tal propuesta es ilegal ya que violaba la Constitución pues tras crearse al Estado hondureño se le declaró laico (aunque no ateo).

Pero como ocurre a lo marchito de los siglos, las sociedades se desarrollan transitando en lucha constante desde el pensamiento mágico al de la razón, combate integrado plenamente a la historia de las ideas tras el Iluminismo del siglo XVIII y que dio paso a la revolución francesa, más intelectual que material.

Dicho artículo provocó escozor en las huestes derechistas, como se esperaba en personas que sólo rezan, no razonan, además que fue mal entendido o visto crudo desde la obsesión religiosa, pues se pensó que mi pretensión era negar a dios. De ninguna manera. Cada quien disfruta el derecho de imaginar su condición y dimensión en el cosmos, así como de sentirse acompañado por fuerzas espirituales y divinas o ser ateo. Lo que la inteligencia no puede permitir que ocurra, jamás, es que alguien crea que para “salvarse” debe confiar en los sistemas clericales y pastorales del hombre (las religiones) usualmente corruptas. Dios es aspiración mental; las iglesias son sus explotadoras.

Y de allí que para enseñar a los niños y jóvenes una idea de dios (respetando la Constitución, es decir viéndolo como conocimiento y no adoctrinamiento) lo mejor que puede lograrse es preparar cuidadosamente y editar un libro antológico gratuito (las tacañas congregaciones abundan en pisto) sobre los principios éticos del orbe (que en mucho grado son religiosos) donde el infante pueda diferenciar históricamente entre, ejemplo, catolicismo, protestantismo, luteranismo, islamismo, hinduismo y hebraísmo (sin olvidar el zoroastrismo) o, bien y mil veces mejor, desde las enseñanzas morales que cada una pregona.

Enseñar al joven, verbigracia, la profundidad de la palabra de Cristo cuando advierte: “Dejad a los niños venir a mí porque el reino de los cielos es de quienes se parecen a ellos” (o sea por las virtudes de inocencia y pureza) o el instante en que Buda acuña aquella estremecedora sentencia que, entendiéndola, ayuda para administrar los gozos y angustias de la existencia: “el dolor es inevitable pero el sufrimiento no”.

Haciendo esto dejaríamos de producir personas idiotizadas, incapaces de manejar su propia presencia en el mundo material y espiritual, además de liberarlos de prejuicios y supersticiones ya más que vanas en la trascendencia experiencial del siglo XXI. La clave es enseñar ética, no dogmas. Si es útil les regalo los derechos de mi libro “Ética mínima para jóvenes estudiantes universitarios”.

El asunto es imponer lógica sobre magia y no resbalar en la pendiente del fanatismo religioso como hicieran ciertos diputados en fecha reciente. Se trata de educar rectilíneamente a la sociedad, proveer a la inteligencia ciudadana y joven vías objetivas (no fabularias) de aproximación a la existencia y a la sociedad, hacerles comprender que dios apoya pero no redime y que sólo el propio esfuerzo, la ínclita dedicación a la vida -disciplina, honestidad y trabajo- salvan.

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