En los últimos días, el debate sobre si los hondureños prefieren hacer turismo en el extranjero o si los salvadoreños visitan más nuestros destinos turísticos ha cobrado protagonismo. Sin embargo, considero que estamos discutiendo lo equivocado. No debería existir controversia alguna. Honduras debe ser un país de puertas abiertas, donde nacionales y extranjeros disfruten de sus maravillas, así como los hondureños tienen todo el derecho de conocer otras latitudes.
Tenemos razones suficientes para sentirnos orgullosos: montañas frondosas, playas extraordinarias, pueblos encantadores, una invaluable herencia de la civilización maya y una riqueza gastronómica que representa nuestra identidad. Honduras tiene muchísimo que ofrecer, aunque paradójicamente muchas veces somos nosotros mismos quienes menospreciamos lo propio mientras admiramos, casi automáticamente, lo extranjero.
No se trata de dejar de viajar al exterior, sino de comprender que conocer el mundo y valorar nuestro país son aspiraciones perfectamente compatibles. El verdadero problema comienza cuando confundimos lo extranjero con lo superior y olvidamos reconocer las extraordinarias riquezas que tenemos frente a nuestros ojos.
Honduras posee productos, tradiciones y experiencias de enorme calidad. Aunque nuestra capacidad productiva no puede compararse en escala con la de países territorialmente extensos como Brasil o Canadá, contamos con ventajas competitivas que deberían aprovecharse inteligentemente. Una de ellas, indudablemente, es el turismo. Pero el turismo no puede continuar dependiendo exclusivamente de iniciativas aisladas, esfuerzos empresariales o campañas publicitarias ocasionales. Necesitamos una verdadera política de Estado de posicionamiento turístico internacional, con objetivos medibles, recursos suficientes y continuidad institucional, independientemente del partido político que gobierne.
Ahora bien, ninguna campaña publicitaria podrá compensar indefinidamente las deficiencias estructurales del país. Para competir internacionalmente debemos garantizar seguridad, infraestructura vial adecuada, servicios públicos eficientes, conectividad y condiciones favorables para la inversión. No basta con invitar al mundo a conocernos si no ofrecemos las condiciones necesarias para recibirlo dignamente.
Las municipalidades también tienen una responsabilidad fundamental. Deben articular esfuerzos con empresarios, emprendedores, comunidades y organizaciones locales para desarrollar actividades culturales, deportivas y gastronómicas que dinamicen las economías territoriales. El turismo debe convertirse en una oportunidad real de generación de empleo y desarrollo para nuestras comunidades. Sin embargo, nada de esto será posible mientras prevalezca la costumbre de criticar cualquier iniciativa simplemente por provenir de otro sector político o económico. Honduras necesita menos confrontación estéril y mayor colaboración.
Debemos comprender que promover nuestro país no significa defender a ningún gobierno, sino apostar por Honduras. La grandeza de una nación no se construye únicamente desde las instituciones públicas, sino también desde el compromiso de sus ciudadanos. Conocer el mundo nos enriquece; conocer Honduras nos permite reconocer cuánto tenemos y cuánto podemos llegar a ser.