Colombia y el nuevo tablero geopolítico

Hay semanas en que Nueva York deja de ser noticia diplomática y se convierte en síntoma

  • Actualizado: 25 de septiembre de 2026 a las 11:14

Hay semanas en que Nueva York deja de ser noticia diplomática y se convierte en síntoma. Esta es una de ellas. Abelardo de la Espriella no viaja a la Asamblea General; envía a su vicepresidente, José Manuel Restrepo, a hablar en su nombre. Quienes leyeron ausencia leyeron mal: lo que hay detrás es método. El presidente se queda en las regiones, la diplomacia viaja, y el país estrena algo que su gobierno llama Patria Milagro —una apuesta, poco disimulada, por devolver a Colombia el lugar que tuvo durante dos décadas como principal socio de seguridad de Washington en Sudamérica.

La coincidencia de calendario no podría ser más elocuente. Mientras Restrepo sube al atril, Xi Jinping se sienta con Trump a pocas cuadras, y Pekín ya adelantó que Taiwán será "la cuestión más importante" de esa conversación. No es casualidad: el tablero que Colombia intenta reordenar en el Caribe y el Pacífico es el mismo donde China lleva veinte años tejiendo un cinturón —comercial en América Latina, militar frente a la primera cadena de islas, diplomático allí donde todavía sobrevive un embajador de Taipéi.

El 8 de septiembre, Marco Rubio se reunió con De la Espriella en la costa Caribe y ambos gobiernos acordaron intensificar la lucha antinarcóticos y reabrir una inversión que se había ido enfriando desde hacía años. De la Espriella fue directo: quiere que Colombia vuelva a ser el primer aliado de Estados Unidos en la región. Rubio no lo contradijo. De ahí nace el "Plan Patriota Siglo 21", con radares, drones y fuerzas especiales, y la posibilidad de que Medellín albergue el Escudo de las Américas.

Venezuela sigue siendo la variable que no perdona. Tres millones de venezolanos viven hoy en Colombia, y lo que pasa en el Catatumbo se siente, casi de inmediato, en Cúcuta. Desde que Maduro fue capturado, el ELN y las disidencias perdieron el santuario automático que tenían al otro lado de la frontera. Colombia dejó de fingir que esa amenaza es solo un asunto interno.

China, mientras tanto, no vende únicamente soya y cobre: vende dependencia con cuotas mensuales. El comercio con América Latina pasó de 14.000 millones de dólares en 2000 a más de 500.000 millones en 2024. Aquí administra obras por 3.100 millones, incluido el Metro de Bogotá, y Xiaomi controla ya un tercio del mercado de teléfonos. A cambio pide una sola cosa, siempre la misma: reconocer que Taiwán es "parte inalienable" de su territorio. Panamá, El Salvador, Nicaragua, República Dominicana y Honduras ya cedieron. Taipéi responde como puede —enjambres de drones bajo el concepto Hellscape, reservas para resistir un posible sitio, diplomacia paralela con los aliados que le quedan—, mientras Trump juega con la venta de armas a la isla como ficha de negociación frente a Xi. Si Taiwán termina siendo moneda de cambio, el cinturón se cierra un eslabón más.

Israel es la tercera pieza, y no la menor. El canciller Bula fue claro ante el Senado: el país debe recuperar un lugar central en esa relación. El reconocimiento del Golán, la promesa de embajada en Jerusalén, el retiro de la demanda sudafricana en La Haya, todo apunta en la misma dirección. Hezbollah e Irán no operan solo en Líbano; también mueven finanzas en América Latina, y una Colombia que comparte inteligencia con Washington y Jerusalén deja de ser terreno fácil para ellos.

Queda la geografía, que rara vez miente: el único país sudamericano con costas en dos océanos, vecino del canal por donde pasa el 40% de los contenedores de Estados Unidos. El viejo sueño del corredor interoceánico del Chocó vuelve a asomar, con toda la carga de promesas incumplidas que arrastra.

Hay riesgos, por supuesto: resultados exigibles contra el narcotráfico, consistencia con Israel cuando cambien los ciclos, un Estado real detrás del anuncio del corredor. Pero también una oportunidad que Colombia no tenía con esta claridad desde hace mucho: la de dejar de navegar a la deriva entre potencias y elegir, por fin, en qué tablero quiere jugar. Porque el destino de Taiwán ya no es un debate asiático lejano. Es la prueba de si ese cinturón también termina cerrándose sobre este hemisferio.

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