Cero

Cero ganancias es lo que menos quiere un empresario, como cero resultados es lo último que quiere quien ha planificado algo

  • Actualizado: 12 de junio de 2026 a las 00:00

El cero es un número que expresa la falta absoluta de cantidad o un valor nulo. Todos estamos familiarizados con este guarismo y sus distintos usos (RAE): como puntuación mínima en cualquier ejercicio o competición, como origen de una escala en un aparato de medida, como punto de partida en una serie numerada. También sabemos que, funcionando como adjetivo, expresa ausencia de elementos (etimológicamente proviene del árabe sifr, que significa vacío) pero colocado a la derecha de un número entero, multiplica el valor de este por diez (eso lo aprendemos en la escuela).

Además de las acepciones mencionadas, existen usos coloquiales para el cero: nadie quiere ser un cero a la izquierda, ni representar “cero” en la vida de alguien. Si existe un horror vacui, existe también uno a la nulidad (en alemán “null” significa cero), así que salvo que se trate de un ermitaño o anacoreta, la mayoría de la gente huye a la posibilidad del identificarse con la ausencia de valor (con excepción de una justa deportiva, en la que a veces el cero puede - paradójicamente- significar ganar puntos).

Cero ganancias es lo que menos quiere un empresario, como cero resultados es lo último que quiere quien ha planificado algo. La desazón de un estudiante que pierde todo el puntaje de una tarea, la imposibilidad de sumar seguidores a una causa, son ejemplos de vivencias que nadie desea experimentar o repetir.

El “cero absoluto” se usa en la gradación de temperatura para referirse al estado de máxima congelación (aunque no es “valor cero”: -273.16°C). Pocos o prácticamente ningún ser vivo puede sobrevivir en esas condiciones; son inhóspitas y profundamente hostiles para la supervivencia. Equivaldrían a la ausencia de agua para un pez o de oxígeno para la mayoría de seres vivos. Hablamos pues de elementos vitales. Muchas actividades humanas requieren de esos elementos vitales, en los que es menester evitar ese “valor cero”. La confianza, por ejemplo, es indispensable para hacer negocios, de cualquier tipo que sean. Aunque pueden existir distintos niveles de confianza, nadie haría un trato con otra persona si la desconfianza es total y, por ende, la confianza inexistente.

Es un hecho incontestable que, para acometer los grandes retos de gobernabilidad de un país, las autoridades requieren gozar de confianza de la ciudadanía. Estudios de opinión nos vienen revelando desde hace varios años que las instituciones del Estado cuentan con variados grados de confianza entre la población del país: en la mayoría de ella esta desconfía - en proporciones mayores al 70%- de actores tan importantes como la Policía, el Poder Judicial, el Poder Legislativo, los partidos políticos y la autoridad electoral, por citar algunos.

Preocupa por ello que nuestros liderazgos políticos y sociales, lejos de dialogar entre ellos para acordar cómo construir más confianza en la institucionalidad, se dedican a anular toda posibilidad de lograrla. Pudiendo sumar, restan. Y lo hacen sin importar que ello nos lleve colectivamente al punto de no retorno del fatal “cero absoluto”, ese en que todos seremos tan solo un cero a la izquierda. Ni más, ni menos.

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