El relevo en la presidencia de la Reserva Federal de los Estados Unidos (Fed) concretado con la reciente juramentación del candidato empujado de Trump, Kevin Warsh en sustitución de Jerome Powell, ocurre en un escenario de profunda tensión económica y política. El debate neural gira en torno a la eventual pérdida de independencia del Banco Central y la agenda forzada de la Casa Blanca. El pronóstico más esperado es que Trump pujará por bajar la tasa de política monetaria a pesar de que los datos de inflación, desempleo y otros guarismos duros indican mantener prudencia en un marco de gestión monetaria técnicamente coherente.
A nivel macroeconómico, la presión por una reducción agresiva de la tasa de política monetaria busca abaratar el crédito, incentivar el consumo y acelerar el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB). Sin embargo, la teoría y la coyuntura actual advierten que un recorte prematuro o excesivo en los tipos de interés avivaría la inflación persistente, contrarrestando el beneficio de mantener el desempleo en niveles tolerables.
Esta encrucijada incidiría directamente en la deuda pública de la Unión. Una reducción de tasas aliviaría el costo del servicio de la deuda publica en el corto plazo, abaratando la emisión de nuevos bonos del Tesoro, aunque el mercado esté indicando algo diferente. No obstante, si esta medida no se acompaña de disciplina fiscal, el endeudamiento gubernamental continuará su espiral alcista, erosionando la confianza de los inversionistas y mayor rechazo ciudadano.
El panorama se torna más complejo al analizar el efecto combinado de la inflación, el incremento brutal en los gastos militares -acentuados por tensiones globales como el conflicto en Irán y otros frentes- sumándose a la imposición caprichosa de aranceles. Mientras los aranceles elevan los costos de los bienes importados y el gasto bélico inyecta liquidez estatal, la inflación se arraiga con fuerza. Este choque trilateral ha llevado hasta ahora a la FED a mantener una postura restrictiva, neutralizando los estímulos fiscales del Ejecutivo.
Las decisiones económicas de la actual administración están enredadas con la trifulca partidista, afuera y dentro de los republicanos. Encarando las elecciones de noviembre, las pretensiones de Donald Trump se concentran en mantener el control del Congreso. Para lo cual, requiere proyectar una economía en auge con precios controlados y combustibles bajos, utilizando la narrativa del crecimiento económico como su principal bandera electoral, a pesar de divisar el derrumbamiento en la aceptación gubernamental.
Para economías vulnerables como Honduras, las repercusiones en el mercado internacional de capitales pueden ser ambiguas. Si las tasas de interés en Estados Unidos permanecen arriba, el costo “soberano” seguirá impactando en la balanza fiscal. Si Warsh por fin logra mayoría en el Comité y cumple las órdenes presidenciales de bajar la tasa de referencia, gobiernos como el de Honduras pueden volver a engolosinarse y tomar mayor financiamiento internacional comprometiendo aún más las finanzas públicas.
La llegada de Kevin Warsh a la Fed altera la política monetaria. Si se empuja a una baja de tasas, supuestamente estimulará el crecimiento económico y reducirá el desempleo, pero habrá más inflación al acelerar el consumo. Sin cambio en las demás acciones (arancelarias y bélicas), en algún momento se encenderá la alarma inflacionaria. Lo único rescatable, aunque artificial, podría ser atenuar el costo de la abultada deuda pública federal, pero, la tendencia es ésta, a seguir rompiendo récords riesgosos.