¿De verdad estamos fracasando en la lucha contra el calentamiento global? Para responder a esta interrogante, quiero presentar tres datos duros que debieran provocar la reflexión de la llamada clase política y de las sociedades mismas, como responsables finales de lo que está sucediendo:
Primero, el 2024 fue el año más caliente desde que hay registros, con océanos recalentados, pérdida del hielo glaciar y extremos meteorológicos que afectan regiones como el Caribe o el lejano Sudeste Asiático. Pruebas muy recientes son el huracán Melissa que golpeó Jamaica y Cuba –principalmente– y el tifón Kalmaegi que azotó Filipinas y Vietnam. La advertencia de la Organización Metereológica Mundial es que estos fenómenos tan fuertes serán más constantes en la medida de que continúe el calentamiento del planeta.
Segundo, las emisiones energéticas que provocan el calentamiento marcaron un récord, también en 2024, lo que explica que no se alcancen las metas de reducir la temperatura global. Tercero, las previsiones de los científicos apuntan que, de continuar en el ritmo actual en los esfuerzos que se hacen y concretan, está lejos alcanzar las metas impuestas en el Acuerdo de París, adoptado en la COP21 en 2015.
En ese escenario, para nada halagüeño, se realiza la COP30 en Belém (Brasil), con el gigantesco reto de promover que se retomen las metas propuestas y se combatan, con el debido financiamiento, los enormes problemas de fondo que provocan los desastres climáticos que afectan a la humanidad y que cada día se tornan en un peligro existencial.
La primera mala noticia es que a esa cumbre no asiste ningún representante de Estados Unidos, el mayor emisor histórico y potencia clave para financiar los programas necesarios. De hecho, Donald Trump repite el libreto que impuso en su primer período como presidente, al proceder al retiro de su país del Acuerdo de París, lo que ya provocó una desaceleración en la lucha contra el cambio climático y el calentamiento global.
Mientras en cada una de las COP se destaca que hay que depender menos del uso del petróleo por sus efectos en la emisión de gases de efecto invernadero, el presidente Trump dijo, a los pocos días de asumir, una frase que resume su postura ambiental. Al hablar sobre el potencial petrolero que tiene Estados Unidos en su subsuelo, dijo enfáticamente: “¡PERFORA BABY! ¡PERFORA! ¡PERFORA! ¡¡¡AHORA!!!”
El problema que se ha visto es que, si Washington no está en el tren de combatir el desastre ambiental que producen –principalmente– los grandes países, se frena el flujo financiero y se reducen las señales regulatorias, por ejemplo en la generación de electricidad, producción de vehículos a gasolina y demás.
Por estos días muchos países se golpearán el pecho por la falta de acciones, pero al ver el ejemplo del poderoso coloso de Norteamérica, se suman al carro de la indiferencia y la tolerancia, por lo que se frenan los esfuerzos de los acuerdos a los que se puedan llegar.
Las famosas cumbres ambientales son importantes y necesarias, pero finalmente no son una “varita mágica” para resolver los problemas, por lo que requieren del compromiso, serio y formal, de los actores principales en la política mundial. El problema es que el multilateralismo se topa cuando los “gigantes” no se suman a los esfuerzos comunes, por más necesarios que puedan ser.
En esta lucha ambiental se puede observar que hay dos actores importantes: la clase política y la sociedad –de cada país–. Sin embargo, viendo lo que ocurre aquí, allá y acullá, no es difícil llegar a la conclusión de que ambas han fracasado, por una u otra razón. El resultado es el que hemos mencionado y el que estamos viendo... y sufriendo.
La clase política, porque no es consistente con sus acciones e incluso falla en el cumplimiento de sus compromisos –porque no son su prioridad–, mientras que cada sociedad, agobiada por su realidad del “día a día” –economía, inseguridad, justicia, corrupción, impunidad, y demás–, relega esa lucha constante en la que debiera someter a la clase política cuando esta falla.
Las reuniones de COP tienen varios objetivos. El primero y más importante, es el de lograr acuerdos entre los países y establecer metas para detener el calentamiento global. Otro objetivo es el de crear conciencia social sobre la importancia que tiene el tema ambiental, con el fin de cuidar el planeta que, debemos recordar, es nuestro único hogar. A eso hay que sumar otros “logros” lógicos como el de establecer programas y proyectos, así como encontrar las fuentes de financiamiento para que puedan concretarse.
No estamos ante un tema ideológico, por más que muchos intenten ubicar la defensa del medio ambiente en la “izquierda socialista”. El calentamiento global no es un mito ni un relato periodístico... es un inventario que se puede ver en cada uno de sus efectos.
Nuestro hogar se calienta, nuestro hogar se vuelve peligroso para cada uno, nuestros hijos nietos y... ¿pocas generaciones más?