“Ángeles somos, del cielo vinimos, Tz´ikin pedimos”. Con este canto, los niños de la región de Copán Ruinas salen a pedir ofrendas cada año el 1 de noviembre, en la víspera del día de difuntos (un día después); las ofrendas consisten en tamales (ticucos o “shepes”), ayote con dulce, trozos de caña de azúcar, frutas de temporada, entre otras viandas, que se comparten como “comida para los muertos” y se degustan con las familias que ya han preparado altares para conmemorar a sus deudos, en medio de devotos rezos comunitarios. La tradición del Tzikin -con origen sincrético en la cultura maya-chortí- ha sido asimilada por la población criolla y ha despertado reciente interés por sus peculiares características que nos recuerdan la petición de golosinas del “Halloween” de otras latitudes; de hecho, la respuesta de los niños que no reciben “su tzikin” es “ollas de barro, ollas de zinc, viejas pendejas que no dan Tzikin”, la cual guarda curiosa similitud con el sentido del “trick or treat” foráneo.
La celebración del Tzikin puede resultar pagana para alguien que no sea de aquellos rumbos mayas, como lo sería la del “día de los muertos” azteca, que se ha popularizado internacionalmente y que fascina por su cosmovisión precolombina, muy ajena a la idiosincrasia judeocristiana. Es muy probable que una mente estrecha rechace tanto la idea de “comer con los muertos” como la de las visibles exposiciones de calaveras con sus huesos, flores de cempasúchil, copal, incienso y altares con permanentes alusiones al inframundo y personas fallecidas, por su contraste con una concepción monocular y fanatizada de la vida, que ha enseñado a rechazar como maligna, blasfema o pecaminosa toda idea o costumbre que no se ajuste a la del texto o mensaje sagrado propio.
Es para protegernos de estas modernas cacerías de brujas y sus visiones excluyentes de creencias e ideas que debemos defender la libertad de conciencia, culto y religión. Quienes promueven la proscripción de celebraciones que no entienden y de fiestas patronales que no festejan ni aprecian no se distinguen -en su esencia- de quienes blanden revisionismos y cambios de nombre de avenidas, calles y monumentos naturales (en cualquiera de los extremos ideológicos existentes) para vanagloriarse de triunfos políticos y simbolismos radicales, partisanos o patrioteros. Tampoco de quienes quemaron en hogueras libros y “arte degenerado” o de quienes invocan a “su” Dios como la medida de todas las cosas y comportamientos.
Ya hemos mencionado la evolución de la inclusión de estas libertades entre nuestros derechos fundamentales, desde los albores federales hasta los de la actual república y su normativa constitucional. Fue la intolerancia a esa libertad de conciencia la que llevó a la muerte a Hipatia, Miguel Servet, Giordano Bruno, Tomás Moro, Giulio Vanini y, en 1843, a los hermanos Doroteo y Cipriano Cano (Ilama). Es innecesario decir que quienes no aprenden de los errores de la historia están condenados a repetirlos eternamente.