La ejecución de Francisco Morazán en Costa Rica, un 15 de septiembre de 1842, no significó el fin de los esfuerzos -por demás dramáticos- por mantener la unidad de la República Federal de Centro América.
Otros continuaron combatiendo -arriesgando sus vidas y bienes- en el noble empeño por evitar la eventual desintegración de la Patria Grande, sometida al asedio por fuerzas centrífugas locales y foráneas: Francisco Antonio Márquez, preceptor ideológico de Morazán, junto con Dionisio de Herrera, Joaquín Rivera, fusilado en Comayagua (1845), José Trinidad Cabañas (1805-1871), en Honduras.
Máximo Jerez, Francisco Castellón, Mariano Salazar, en Nicaragua. José Francisco y Juan Barrundia, en Guatemala. Doroteo Vasconcelos, Gerardo Barrios, en El Salvador, entre otros, todos integrantes de la primera generación liberal del istmo, la que vivió la primera independencia de 1821. Cabañas sucedió en la presidencia de Honduras al “conservador moderado” Juan Lindo, en 1852, ocurriendo así una pacífica alternabilidad en el poder entre dos compatriotas ubicados en bandos políticos antagónicos, algo que se repetiría el siglo XX, cuando el liberal Vicente Mejía Colindres sucedió al nacionalista Miguel Paz Barahona, de manera ordenada.
Su gobierno debió hacer frente a la injerencia en los asuntos internos hondureños por parte del conservador guatemalteco Rafael Carrera, el hombre dominante en Centroamérica hasta su muerte (1865). Los intentos liberales por neutralizar su influencia regional fracasaron. Ya Morazán había sido derrotado durante el contraataque carrerista (1840). Durante la gestión presidencial de Cabañas se intentó, por primera vez en la América Central, la construcción de un ferrocarril interoceánico, para lo cual se realizaron gestiones con el diplomático estadounidense Ephraim G. Squier, quien no pudo lograr interesar a inversionistas británicos.
En 1855 fue derrocado de la presidencia, emigrando a El Salvador y posteriormente a Costa Rica, retornando a Honduras en 1862, dedicado a labores agrícolas hasta su fallecimiento (1871).
En los mensajes del Ejecutivo al Congreso y en discursos encontramos elementos de su formación cívica en distintas temáticas. En materia educativa escribió: “La instrucción pública es elemento de civilización y de capacidad en las masas que se gobiernan a sí mismas, elemento de luz, de libertad y de inteligencia, único que puede constituir y desarrollar la democracia y las capacidades republicanas...”. Relativo a derechos humanos escribió: “...el respeto más profundo a los derechos individuales del hombre consignados en la Constitución... Estas garantías sagradas y esenciales yo las considero y las respetaré en cualquier circunstancia; yo no las interpretaré ni subordinaré jamás a la razón de Estado, a las exigencias de la revolución, ni de los trastornos... Este es para mí el primero, el más inflexible de los deberes, el encargo más delicado e interesante del pueblo, al crear el poder público”.
Sobre el respeto y observancia de la Constitución: “La conozcan, la amen y se hallen en disposición de defenderla contra los ataques de toda especie que dirigen contra ella sus enemigos... Para cumplirla es necesario saberla, para amarla es necesario conocerla, para defenderla es preciso haberse penetrado de sus ventajas; solo la aplicación y el estudio pueden hacer que se conozca... Estudiarla de día y meditarla de noche es el deber primero de todo funcionario público que está obligado a cumplirla religiosamente por su parte y hacerla cumplir a los demás ciudadanos. Estos deben, por la suya, saber cuáles son los deberes que la ley les impone con respecto a la sociedad y a todos sus miembros para practicarlos; y los derechos que les concede para saberlos gozar y defender”.
Quien desee ahondar en su vida y obra, lo remito a la obra de José Reina Valenzuela, José Trinidad Cabañas: estudio biográfico.