Azerbaiyán

Me preguntan cómo un país de mayoría chiita, vecino de Irán, puede ser uno de los socios más sólidos de Israel. La respuesta es sencilla: Bakú hace política exterior con la cabeza y no con el calendario religioso

  • Actualizado: 25 de octubre de 2026 a las 15:05

Azerbaiyán se asienta entre el Caspio, Rusia, Irán y el Cáucaso. Es un Estado laico de identidad túrquica que trabaja a la vez con Washington, Jerusalén, Ankara y Moscú sin convertirse en rehén de ninguno. Con Teherán comparte casi 700 kilómetros de frontera y convive con cautela. Esa prudencia nace de una historia dura.

En marzo de 1918 murieron en Bakú unos 12.000 musulmanes; Azerbaiyán lo recuerda como genocidio, una calificación que no goza de consenso. Meses después murieron miles de armenios en la misma ciudad.

El conflicto de Karabaj dejó en los noventa más de medio millón de desplazados azerbaiyanos y, en 2023, más de 100.000 armenios abandonaron el enclave.

Reconocer el dolor de unos no obliga a negar el de los otros. Bakú es una de las ciudades más singulares de Eurasia: su casco antiguo es Patrimonio de la UNESCO desde 2000.

Allí brotó petróleo desde el siglo XIX y de allí parten, desde 2006, los ductos hacia Turquía y Europa.

Esa ubicación tiene una lógica que Zbigniew Brzezinski ya intuyó en El gran tablero mundial: Azerbaiyán es un “pivote geopolítico” cuya importancia no deriva de su potencia, sino de su posición. Hoy convergen tres ejes. El este-oeste es el Corredor Medio, que une China y Asia Central con Europa sin pisar suelo ruso ni iraní; la guerra de Irán de este año lo ha convertido en ruta casi obligada. El norte-sur es el corredor Rusia-Irán-India, cuyo ramal occidental cruza Azerbaiyán. Tras el avión de Azerbaijan Airlines alcanzado por defensas rusas en diciembre de 2024, Moscú compensó a Bakú en abril de 2026. Por eso Occidente sospecha —y el Kremlin lo niega— que por allí fluyan armas hacia Teherán. El tercero es el energético.

La pieza más ambiciosa es la Ruta Trump (TRIPP), que uniría Azerbaiyán con Najicheván por el sur de Armenia bajo soberanía armenia. Pero el acuerdo de paz rubricado en Washington en agosto de 2025 sigue sin firmarse formalmente: Bakú exige que Ereván reforme su Constitución y reconozca su soberanía sobre Karabaj.La relación con Israel es el mejor ejemplo de esa lógica. Según Kpler, el crudo azerbaiyano fue en 2025 el 46 % de las importaciones petroleras israelíes.

Jerusalén suministró el 69 % de las armas importantes que compró Bakú entre 2016 y 2020, según SIPRI. En marzo de 2023 Azerbaiyán abrió embajada en Israel, el primer país de mayoría chiita en hacerlo, y el 14 de octubre Herzog fue recibido por Aliyev en Bakú. Es una alianza de intereses, y por eso resulta tan sólida.El 24 de septiembre, cuando Netanyahu subió al podio de la ONU, cerca de setenta delegaciones abandonaron el salón.

Azerbaiyán mantuvo representación. Ese día Netanyahu llamó “tirano” a Erdogan, el aliado más cercano de Bakú, y hoy Ankara y Bakú discrepan por Israel y por las restricciones al velo en las escuelas. Sostener a ambos exige un equilibrio que casi nadie logra.

Tras la guerra de Irán de este año, Bakú ha insistido en que su territorio no se usará contra Teherán. RSF lo ubica en el puesto 171 de 180 en libertad de prensa. Un país con tanto talento diplomático debería aplicar en casa la apertura que practica afuera.

Azerbaiyán no es amigo de todos ni lo pretende. Negocia con adversarios sin regalar sus intereses y sabe que cada alianza tiene un precio y cada dependencia, un riesgo. No necesita ser superpotencia para decidir por sí mismo; le bastan recursos, visión y la firmeza de no confundir amistad con subordinación. La soberanía se defiende negándose a que otro decida por uno.

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