Aniquilamiento de la corrupción

La corrupción roba recursos y oportunidades, debilita la democracia y puede permitir la captura de instituciones y la manipulación de elecciones

  • Actualizado: 21 de septiembre de 2026 a las 00:00

Honduras no puede seguir administrando la corrupción como si fuera una enfermedad inevitable y/o incurable. La corrupción no debe tolerarse, menos negociarse ni acomodarse; se combate hasta aniquilar las condiciones que la alimentan. Porque donde ella gobierna, desaparece el bienestar de la población: no hay justicia, hospitales, escuelas, carreteras, seguridad, producción y oportunidades.

No hablamos de políticos o funcionarios únicamente. La responsabilidad alcanza también a empresarios, dirigentes sindicales, colegios profesionales, organizaciones de sociedad civil, iglesia, militares, policías y ciudadanos. Toda persona o institución que utiliza poder, influencia, dinero o religión para obtener privilegios indebidos contribuye, directa o indirectamente, a corromper la nación.

No basta indignarse cuando roba el adversario y guardar silencio cuando roba el amigo. La integridad auténtica no conoce colores políticos, apellidos, uniformes, púlpitos ni fortunas; exige también la misma medida para todos, siempre.

Es urgente cambiar personas y normas en el sistema político hondureño para fortalecer la justicia, instituciones y controles.

Lamentablemente, existe una corrupción todavía más dolorosa, aquella que se esconde detrás de la apariencia moral o religiosa. La fe de Dios no es corrupta. Corrupto es quien convierte la fe en mercancía; quien comercializa oraciones, profecías y la misma palabra de Dios; quien predica principios que no practica y utiliza el nombre de Dios para enriquecerse, manipular o encubrir conductas indignas.

La Biblia advierte en Gálatas 6:7, RV 1960: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. De Dios nadie se burla. Quien se declara creyente adquiere una responsabilidad mayor; su testimonio debe corresponder con sus palabras. El cristianismo genuino no es refugio de la codicia, la mentira ni de la injusticia.

La raíz de la corrupción es el amor al dinero; muchos perdieron la fe y el camino. Cuando el dinero compra conciencias, decisiones públicas, silencios, contratos, influencias o impunidad, se deteriora la reserva moral de una sociedad.

Por eso, aniquilar la corrupción no solamente significa perseguir personas fuera de la ley. Significa también acabar con la impunidad mediante justicia limpia e independiente, rendición de cuentas, transparencia en compras públicas, auditorías reales, protección al denunciante, recuperación de bienes obtenidos ilícitamente y sanciones proporcionales después del debido proceso.

La corrupción roba dinero, oportunidades, salud, educación y confianza; también distorsiona la democracia cuando intereses ilegítimos capturan instituciones o manipulan procesos, llevando al robo de elecciones con sus nefastas consecuencias. El daño termina pagándolo principalmente quien menos tiene y, después, nuestros niños y jóvenes.

Honduras necesita recuperar el temor de Dios, entendido como conciencia moral, respeto por la justicia, verdad y responsabilidad ante los demás. Creyentes y no creyentes pueden coincidir en algo fundamental: lo público pertenece a todos y nadie tiene derecho a convertirlo en botín.

Aniquilar la corrupción exige fuerza conjunta. La corrupción no es ciencia ficción, es una realidad que aniquila, es letal. Queda planteado.

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