Apuesto a que nadie se imaginaría cómo la ignorancia envuelta en valentía de un personaje que venía de tierra adentro cambió la vida de muchos citadinos.
Era enero, a finales de los ochenta, cuando llegó a la capital de su país Guillermo Cáceres, un maestro del área rural quien había calificado para una beca, y cuando iba a mitad de la carrera logró que lo contrataran a medio tiempo en la universidad.
Se graduó con honores, y lo que no pudo obtener trabajando ocho años en las montañas de su tierra, lo alcanzó en cuatro años: una muy deseada plaza. Se hizo amigo o por lo menos era respetado por los profesores de la universidad, se había graduado de Filosofía, pues era un pensador nato, y justo al cumplir un año como catedrático, les llegó una notificación en donde les avisaban que tenían seis meses para decidir a donde querían que los trasladaran, y aunque no le gustaba mucho la ciudad, estaba agradecido porque lo había acogido muy bien.
Reunió a sus compañeros, muchos con más preparación académica que él, otros con mayor experiencia, y Guillermo, solo con valentía y con mucha empatía, les preguntó ¿cómo dejamos que esto pasara? No creí que el tener menos de cien estudiantes haría que cerraran nuestro departamento, ¡qué triste que ya no haya estudiantes que quieran pensar! Nadie quiere estudiar filosofía. ¡Caramba!
Se miraron sus compañeros con cara de asombro, otros con decepción, y todos sabían cuál era la raíz del problema, pero nadie se atrevía a alumbrar la verdad, nadie quería tomar ese riesgo, durante años muchos estuvieron cómodos, pero ahora tenían los días contados, literalmente, y como nadie quería enfrentar el problema, le dijeron: Memito, usted es el indicado para que sea nuestro representante, vaya hable con nuestras autoridades en nombre de todos, dígales lo que estamos pasando.
Ellos sabían el problema que le podía venir encima, porque en un mundo de injusticias decir la verdad es un pecado, sin embargo, el coordinador fue removido y el departamento no se cerró. No sabemos qué dijo Memo, o si quizás solo fue que la vida le devolvió a alguien todo lo que había sembrado. (Cuento)