“¿Eso fue todo?” se pregunta la mujer mientras recuerda la única vez que levantaron la mano contra ella. Muchos podrían pensar que una agresión aislada no deja huella, que “no fue para tanto”. Pero la violencia contra las mujeres no siempre deja moretones visibles: se esconde en el miedo constante, en la manipulación emocional, y en palabras que minan la autoestima un día a la vez.
Incluso los castigos silenciosos y las actitudes aprendidas en la infancia, como la famosa “ley del hielo”, pueden marcar profundamente. A veces se transmiten de generación en generación como formas de “solucionar problemas” sin diálogo. Ignorar estas formas de violencia es perpetuar un ciclo silencioso que normaliza el abuso y borra la dignidad de quienes lo sufren.
Los golpes y la violencia física son solo la punta del iceberg. Debajo se esconden comentarios hirientes, comparaciones, descalificaciones y otras formas menos obvias de maltrato, que se naturalizan con el tiempo y la cotidianidad. Importante es destacar que a menudo, la violencia física surge como un paso intermedio entre la violencia emocional y la violencia letal.
Si estás viviendo este tipo de violencia, busca ayuda. Cuando convivimos a diario con la violencia tendemos a naturalizarla. Cada día es una nueva oportunidad para romper el ciclo. No debemos renunciar a la esperanza ni dejar de creer que otro mañana es posible para las mujeres.
La violencia no debe ser jamás parte normal de nuestra cotidianidad; el abuso, los excesos y las muestras de lo que algunos autores llaman “micro machismos” constituyen una gotera emocional, que un día llega a explotar.
A menudo, por cierto, cuando las situaciones se han vuelto extremas o cuando comienzan a ser más obvias al reproducirse en nuestras hijas e hijos. Recuerde este consejo que un día me dijo un adulto mayor: usted puede aconsejar a sus hijos, pero ellos no aprenden lo que usted les dice; ellos harán lo que usted hace.