Los años que aprendí a sobrevivir (I)

Era un alcohólico empedernido, de esos hombres que podían pasar buena parte del día con un trago en la mano

  • Actualizado: 23 de octubre de 2026 a las 00:00

Cuando era cipote, mi padre me llevó a trabajar a un taller de soldadura en la colonia Bella Vista, en Comayagüela. El taller era de don José Oyuela, y allí conocí a quien fue uno de mis maestros de obra: Aldo Montes. Aldo era un hombre corpulento, blanco, de ojos azules. Vivía en el barrio Morazán. Era un alcohólico empedernido, de esos hombres que podían pasar buena parte del día con un trago en la mano, pero cuando se ponía frente a una máquina de soldar, parecía que las manos le obedecían a otro hombre. Soldaba como los dioses. Era casado. Yo, en cambio, era apenas un mozalbete tratando de encontrar mi lugar en el mundo. Vivía en la colonia Izaguirre. Primero con mi padre y después con mi hermano, en un cuarto de madera que mi hermano alquilaba en la casa de don Raúl Cubas de Dios Goce.

Estaba pasando una juventud extraviada, metido entre el alcohol, la violencia y las calles. En aquellas colonias uno aprendía desde temprano que el respeto muchas veces había que reclamarlo, porque si no lo hacías, podías terminar sirviéndole de tapesco a cualquiera que quisiera golpearte. Hoy lo pienso y me parece increíble que a los 16 años uno tuviera que aprender esas cosas para sobrevivir. En aquel entonces, sobrevivir en esas colonias era casi una hazaña. La muerte rondaba demasiado cerca de los jóvenes de mi edad. Vi cómo muchos de mis amigos se fueron prematuramente. Algunos terminaron en el tártaro; equivale a decir que terminaron presos. Allá por Támara. Otros tuvieron que salir huyendo porque habían hecho daño o porque alguien los había amenazado. Éramos muchachos que muchas veces no sabíamos qué hacer con nuestra propia vida. Después de salir de aquel trabajo en el taller de soldadura, fui a trabajar a la llantera El Esfuerzo, cuyo dueño era un pariente mío.

En varias ocasiones, él buscó a mi padre para que me diera unas tundas de referencia animal, porque yo tampoco era precisamente un muchacho fácil de llevar. (Continuará).

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