Señoras y señores,
Hay algo que no estamos diciendo con suficiente claridad: nos estamos ahogando.
No en agua, sino en ruido. En distracciones. En información que llega rápido y se va sin dejar nada. Vivimos en una época donde todo se consume, pero casi nada se comprende. Opinamos sin leer, repetimos sin pensar y compartimos sin cuestionar. Y así, poco a poco, dejamos de ser una sociedad que reflexiona para convertirnos en una que simplemente reacciona.
Ahora imaginen una escena: una mujer con el agua al cuello. El frío la rodea, la presión la empuja hacia abajo. No grita, no se desespera. Solo hace algo inesperado: sostiene un libro... y lee. Esa imagen no es comodidad, es resistencia.
Porque hoy, leer es resistir. Resistir a la superficialidad, a la manipulación, a esa corriente constante que nos quiere distraídos y fáciles de influenciar. Nos han hecho creer que leer es opcional, que es un lujo o algo para cuando “haya tiempo”. Pero no es así. Leer es una necesidad.
Un pueblo que no lee, no cuestiona. Y un pueblo que no cuestiona, acepta todo. Así comienzan las sociedades a perder su capacidad de decidir, de exigir, de defenderse.
Hoy no gana quien más sabe, sino quien logra que los demás no piensen. Y eso es lo verdaderamente peligroso. Nos están llenando de contenido, pero nos están vaciando de criterio.
Por eso leer importa. Porque leer es detenerse cuando todos corren, pensar cuando todos repiten, entender cuando otros solo reaccionan. Leer no te saca del mundo, pero evita que te pierdas en él.
Así que cuando sientas que no tienes tiempo, recuerda esa imagen: el agua sigue ahí, el peligro también. Pero aún así, es posible no hundirse.
Al final, la pregunta no es si el mundo nos está ahogando...
La pregunta es si estás dispuesto a dejar de pensar, o a mantener la cabeza fuera del agua.