Vivimos en un mundo que se transforma a una velocidad que nuestras mentes apenas pueden procesar. Cada día trae consigo nuevas certezas desmoronadas, nuevos valores que se desvanecen y realidades que se reinventan. En medio de este flujo implacable, surge una pregunta tan antigua como la filosofía misma: ¿qué sentido tiene la existencia cuando todo a nuestro alrededor parece ser efímero y mutable?
El ser humano, a diferencia de otras criaturas, no solo habita el mundo, lo cuestiona, lo interpreta y lo juzga. Esta capacidad de reflexión, sin embargo, tiene un precio: la conciencia de la finitud. Saber que todo es temporal -que nuestros logros, nuestras relaciones y hasta nuestras certezas desaparecerán- nos coloca frente a un abismo. Frente a este abismo, la vida puede parecer absurda. Camus llamó a este enfrentamiento con el sinsentido “el absurdo”, un choque entre el deseo humano de encontrar significado y la indiferencia del universo.
Pero la respuesta al absurdo no se encuentra en la resignación ni en la desesperanza, sino en la afirmación consciente de la existencia. No se trata de buscar un sentido externo impuesto por tradiciones, dogmas o expectativas sociales, sino de crear sentido desde la propia experiencia. Cada decisión, cada acto de amor, cada esfuerzo por comprender el mundo, se convierte en un acto de afirmación ante la nada. El sentido, entonces, no es un tesoro escondido en algún lugar del cosmos, sino un arte que se construye en cada instante de vida.
La fluidez del mundo moderno -la tecnología que redefine nuestras relaciones, las ideologías que se derrumban y los valores que se reconstruyen- exige que seamos navegantes conscientes. No podemos depender de certezas permanentes; debemos aprender a encontrar estabilidad en la propia libertad. Esta libertad es doble: libertad de elegir nuestro camino y libertad de asignarle significado a nuestra experiencia, aun cuando el mundo nos diga que nada importa. La existencia auténtica surge de abrazar esta libertad con responsabilidad y coraje.