En la actualidad, Honduras enfrenta una crisis política, social y económica que parece no tener fin. A menudo, la culpa de esta situación recae en los líderes políticos, en los gobiernos de turno o en las políticas públicas erradas.
Sin embargo, una perspectiva más profunda nos lleva a cuestionar si el verdadero problema radica en los sistemas políticos o en la propia cultura de la sociedad hondureña.
Uno de los mayores males que aqueja a Honduras, y que está profundamente arraigado en su cultura, es lo que se conoce como el “vivismo”.
Esta actitud de aprovecharse de cualquier situación, buscando siempre el beneficio propio a costa de los demás, ha calado hondo en la mentalidad de muchos hondureños.
Este fenómeno es mucho más que un simple comportamiento de algunos individuos, es una forma de vida que define muchas de las acciones cotidianas de la sociedad en general.
Como bien menciona el escritor y analista Walter Rodezno, en su reflexión sobre el estado del país: “Honduras no va a mejorar con Rixi o ‘Tito’, Honduras está enferma de ‘vivismo’”.
Lo que sugiere es que el problema no reside únicamente en la clase política, sino en una cultura que ha fomentado la corrupción, la envidia y la competencia desleal.
En un país donde prevalece la idea de “quien no avanza es porque no tranza”, las consecuencias de esta mentalidad se reflejan en todos los aspectos de la vida cotidiana: desde los accidentes viales hasta el sistema de justicia y la política.
Es importante entender que el “vivismo” no se limita únicamente al acto de robar o defraudar al Estado, sino que es una actitud que permea muchos niveles de la sociedad.
Se puede ver en aquellos que, al no querer hacer una fila, se saltan los turnos; en los conductores que se meten donde sea, arriesgando la vida de otros para ganar unos segundos; o incluso en la corrupción pequeña, que muchas veces se ve como un mal necesario para “sobrevivir”. Continuará.