La forma en que se ejerce el poder dice más de un sistema político que los discursos que lo justifican. En Honduras, la presidencia del Congreso Nacional bajo Luis Redondo se ha convertido en un símbolo incómodo de cómo la legalidad puede ser desplazada por la imposición política cuando las instituciones carecen de contrapesos reales. Más allá de simpatías partidarias, lo ocurrido desde enero de 2022 obliga a una reflexión profunda sobre el estado de la democracia parlamentaria en el país. La llegada de Redondo a la presidencia del Congreso se produjo en medio de una crisis institucional sin precedentes, caracterizada por sesiones paralelas, confrontación interna y un ambiente de presión que desnaturalizó el debate legislativo. Aquella jornada dejó la impresión de que el cargo no fue resultado de un consenso político amplio ni de un proceso transparente, sino de una correlación de fuerzas impuesta desde fuera del hemiciclo. Desde entonces, esa percepción no ha logrado disiparse.
El problema no es únicamente el origen, sino la forma en que se ha ejercido el Poder Legislativo. La conducción del Congreso ha estado marcada por decisiones centralizadas, exclusión de voces disidentes y una práctica parlamentaria que prioriza la disciplina política sobre la deliberación democrática. En lugar de fortalecer al Congreso como espacio de representación plural, se ha consolidado una lógica en la que quien controla la junta directiva controla también la agenda, los tiempos y, en buena medida, el resultado de las decisiones.
Esto resulta especialmente grave en un país con una historia de rupturas constitucionales y debilidad institucional. El Congreso Nacional debería ser un contrapeso del Ejecutivo, no una extensión de los acuerdos políticos que se negocian fuera de la ley. Cuando el Poder Legislativo pierde autonomía y credibilidad, se resiente todo el sistema democrático, y la ciudadanía termina percibiendo que el poder se ejerce por imposición y no por legitimidad. El país necesita un Congreso fuerte, plural y respetado, no uno sostenido por la confrontación permanente.