Miren el espectáculo. En este circo todos tenemos una función aunque algunos creen que algún día les tocará ser dueños de la carpa. Nos gusta culpar al político, al diputado, al presidente de turno. Y razones sobran. Pero hay una pregunta que preferimos no hacernos. ¿Por qué seguimos entregándoles el control? Étienne de La Boétie llamó a esto servidumbre voluntaria. Un poder no necesita encadenarnos si nosotros mismos aprendemos a obedecerlo. En Honduras lo hacemos de maneras sencillas. No exigimos derechos. Pedimos favores. Buscamos un contacto para sobrevivir dentro del sistema. Nos convencieron de que todos competimos en la misma pista y que quien llega primero simplemente trabajó más. Si alguien está arriba, lo merece. Si alguien permanece abajo, quizá no se esforzó suficiente. Qué conveniente resulta creer eso cuando todavía esperamos nuestro turno. A esto se suma que convertimos la política en una religión. En Honduras no buscamos administradores públicos ni servidores del pueblo; buscamos un mesías. Si el candidato de nuestro partido no manda agua a la colonia, decimos que “es porque la oposición no lo deja trabajar”. Si roba, decimos que “al menos él sí hace obras”. Es un fanatismo ciego disfrazado de esperanza.
Los políticos en nuestro país no entran al gobierno a construir nada. Entran a extraer. El Estado funciona como una mina donde sacan nuestros impuestos, los fondos de los hospitales y las escuelas, y los convierten en casas de lujo o cuentas en el extranjero. Nosotros trabajamos, pagamos todo caro y recibimos carreteras que se deshacen con la primera lluvia, centros de salud sin acetaminofén y escuelas sin techos. El autoengaño llega cuando dejamos de identificarnos con nuestra realidad y empezamos a identificarnos con el lugar al que soñamos llegar. El trabajador defiende al patrón porque imagina que algún día será patrón. Así terminamos aplaudiendo al dueño del circo mientras esperamos que algún día nos entregue las llaves. Quizá también sea que seguimos creyendo que algún día nos tocará estar arriba, en lugar de preguntarnos por qué seguimos aplaudiendo.