Autopista 1 de Afganistán mejora seguridad, pero persiste crisis económica

Tras la vuelta de los talibanes, la carretera entre Kabul y Kandahar está en buen estado, aunque la falta de empleo, desigualdad y pobreza siguen afectando al país

  • Actualizado: 11 de marzo de 2026 a las 12:31
Autopista 1 de Afganistán mejora seguridad, pero persiste crisis económica

Por Elian Peltier and Tomás Munita/ The New York Times

La autopista 1 fue en su momento una de las arterias más peligrosas y dañadas de Afganistán.

Pero en un reciente viaje por carretera de casi 500 kilómetros entre las dos ciudades más grandes de Afganistán, los periodistas del Times solo encontraron orden y seguridad, y ni un solo bache.

Desde que los talibanes volvieron al poder en Afganistán en 2021, han trabajado para sustituir la violencia que definía en gran medida esta autopista, y el país, por una seguridad y una administración reforzadas.

Antes plagada de cráteres de bombas y zanjas excavadas por camiones con exceso de peso, la carretera es ahora lo suficientemente lisa como para que los viajeros se echen una siesta mientras atraviesan las áridas llanuras del este de Afganistán.

Vista a través de las ventanillas de coches y autobuses, algunos de los daños causados por generaciones de guerra empiezan a desaparecer.

Una tarde reciente, vimos a un hombre que entrenaba a sus palomas mientras se ponía el sol. Los conductores de autobuses y camiones hacían fila en las relucientes gasolineras antes de parar a comer un kebab de cordero. Chicos jóvenes pasaban en bicicleta junto a escuelas religiosas cubiertas de paneles solares, algunas de ellas anidadas en antiguos puestos militares.

Este es el Afganistán que el gobierno talibán ha reconstruido en los últimos cuatro años y medio, después de la retirada de Estados Unidos. Es lo que los talibanes quieren que el mundo vea mientras intentan atraer la inversión y el reconocimiento extranjeros. Hay orden, seguridad y signos de un repunte económico, dicen. La economía afgana creció un 4,3 por ciento el año pasado, según el Banco Mundial, un aumento respecto al 2,5 por ciento registrado en 2024.

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“Todas las armas pesadas y el dinero del gobierno anterior no sirvieron de mucho”, dijo Iqbal Noori, propietario de una tienda de celulares en Kandahar, la segunda ciudad más grande de Afganistán. “Tenemos que confiar en los talibanes. No tenemos otra opción”.

La autopista 1 fue en su momento la obra maestra del esfuerzo de reconstrucción estadounidense en Afganistán. Pero también se convirtió en un símbolo del despilfarro de miles de millones de la ayuda occidental. En 2016, una auditoría del Inspector General Especial para la Reconstrucción de Afganistán descubrió que el 95 por ciento de las carreteras pavimentadas estaban dañadas o destruidas. En medio de frecuentes combates, el viaje de unos 500 kilómetros entre Kabul y Kandahar podía alargarse hasta 18 horas.

Ahora los viajeros pueden completar el trayecto en ocho.

Los talibanes renuevan ahora lo que una vez intentaron desmantelar durante su insurgencia. Amplían la autopista 1 con dos carriles más y aplican límites estrictos de peso a los camiones para preservar el nuevo asfalto. Están erigiendo una mezquita cada 64 kilómetros e instan a los promotores inmobiliarios a que construyan a su alrededor.

Por la tarde, nos detuvimos en un puesto de carretera donde Nasibullah Khaksar vendía almendras y albaricoques secos. Crecer junto a la autopista 1 significaba una vida de constantes interrupciones, en la que jugar al aire libre o ir a la escuela era a menudo imposible. “Ver una patrulla talibán era señal de que pronto empezarían los combates”, dijo.

Ahora, dijo Khaksar, puede conducir su motocicleta por la noche sin miedo, y nunca cierra con llave su tienda.

Los campos cercanos son solo campos, no campos de batalla.

Pero el asfalto impecable puede ser una capa fina. Desde las colinas, la carretera parece una serpiente solitaria que atraviesa un paisaje reseco. Los agricultores dicen que sus campos se han vuelto estériles debido a la sequía y a la contaminación de las aguas subterráneas.

Las mujeres y las niñas eran casi invisibles durante el viaje, salvo unas pocas que se veían en la parte trasera de los taxis y autobuses que pasaban. Los talibanes las han borrado de la vida pública, prohibiéndoles la mayoría de los trabajos y la escolarización a partir del sexto grado, así como viajar largas distancias sin compañía masculina. La economía afgana puede estar perdiendo 1400 millones de dólares al año a causa de ello, según estimaciones del Banco Mundial.

Los hombres que encontramos en cada parada compartían preocupaciones sobre sus medios de vida. Camioneros y vendedores de fruta, soldadores y carniceros, todos dijeron que la mejora de la seguridad era bienvenida, pero no suficiente. No dejaban de preguntar por el desarrollo necesario para sacar a los afganos de las privaciones.

“Los jóvenes no tienen trabajo y están sentados en casa sin hacer nada. Necesitamos fábricas”, dijo Noor Agha Rahmani, carpintero que trabaja junto a la carretera en la provincia de Gazni.

Más del 40 por ciento de la población sufre desnutrición aguda, según el Programa Mundial de Alimentos.

“Antes no había seguridad, pero se trabajaba bien”, dijo Rahmani, el carpintero, sobre las oportunidades bajo el antiguo gobierno apoyado por Estados Unidos. “Ahora hay seguridad, pero muchos menos empleos”.

A medida que nos acercábamos a Kabul, las bases militares en ruinas bordeaban la ruta. También hileras de casas abandonadas.

En un pueblo de la provincia de Maidan Wardak, solo un puñado de las 300 casas están habitadas. La mezquita también está abandonada, con sus paredes salpicadas de agujeros de bala.

La guerra terminó, pero en muchos lugares, quienes se quedaron dijeron que el silencio de la paz iba acompañado de la quietud del abandono.

“Si no conoces a nadie en los rangos superiores, no consigues nada”, dijo Gul Rahman Himayat, excombatiente talibán, ante las ruinas de su casa.

La guerra se llevó a su madre y a sus dos hermanos, dijo Himayat, pero al menos él luchaba por una causa: el establecimiento del régimen talibán. Ahora que ha llegado, “no hay nada para nosotros”.

Safiullah Padshah y Yaqoob Akbary colaboraron con reportería.

Elian Peltieres jefe del buró del Times en Pakistán y Afganistán, radica en Islamabad.

Safiullah Padshah y Yaqoob Akbary colaboraron con reportería.

© 2026 The New York Times Company

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