Por Elian Peltier, Yaqoob Akbary and Tomás Munita / The New York Times
Luego de una ducha tibia en el gélido invierno de Kabul, Alireza Ahmadi se peinó, se metió la camiseta blanca en los pantalones negros y volvió a la cancha.
Alireza, de 17 años, es un fenómeno en Afganistán, donde juega al fútbol sala, o futsal, una variante más rápida del fútbol que se juega con cinco jugadores por bando. Se había corrido la voz de que participaba en un torneo local una tarde reciente, y los aficionados, con sus celulares en alto, se apresuraron a hacerse selfis con él cuando salía de los vestuarios.
El adolescente se convirtió en un héroe nacional el pasado otoño tras marcar el gol de la victoria contra Irán, el archienemigo de Afganistán, dando al país su primer título en los Juegos Asiáticos de la Juventud, celebrados en Baréin. La victoria provocó un arrebato de alegría colectiva que ha llegado a ser poco frecuente bajo el régimen talibán y, para muchos afganos, ha cambiado drásticamente la percepción que tienen de su propio país.
“Por nuestra parte, intentamos mostrar una imagen diferente de Afganistán”, dijo Alireza. “Aquí hubo guerra. Ahora queremos organizar más partidos con equipos extranjeros”.
Vencer a Irán en la final ofreció a los afganos un momento de catarsis contra un vecino que expulsó a más de 1,5 millones de afganos el año pasado. Cuando el equipo regresó a Afganistán, los aficionados estaban tan jubilosos que hicieron caso omiso de las prohibiciones de los talibanes de tocar música en público y subir videos a internet.
La victoria también puso de relieve una compleja realidad. Alireza y casi todos los demás rostros del éxito de Afganistán son hazaras, una minoría religiosa y étnica marginada durante mucho tiempo por los talibanes. Desde que volvieron al poder en 2021, los talibanes hanexpulsado a algunas comunidades hazara de sus tierras ancestrales, las han excluido de las ramas del poder judicial y de los niveles superiores del gobierno y handesviado la ayuda humanitaria destinada a las provincias de mayoría hazara, según grupos de derechos humanos.
Por un momento, los héroes de Afganistán pertenecían a un grupo que el Estado había marginado repetidamente.
Dondequiera que el equipo ha viajado desde su victoria, los afganos han celebrado en masa: tocando música, grabando videos, desafiando las normas. “Llevamos el orgullo a la gente, y respondió con calidez”, dijo Alireza.
Con su pelo pulcramente recortado y su tímida sonrisa, el adolescente se ha convertido en una celebridad más allá del terreno de juego. Ha aparecido en un anuncio de un refresco afgano. Sus videos de partidos y mensajes dedicados a Afganistán han atraído decenas de miles de visitas, incluso cuando los talibanes han prohibido la representación de seres humanos en televisión y redes sociales.
En noviembre, miles de personas dieron la bienvenida al equipo en Herat, una de las ciudades más grandes de Afganistán y hogar de una gran población hazara. Los padres alzaban a sus hijos a hombros para que vieran a los jugadores. Los aficionados lanzaban petardos y tocaban música, rebasando a los funcionarios del temido Ministerio para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio de Afganistán.
Cuando los funcionarios del ministerio intentaron impedir que se tomaran fotografías, cientos de celulares iluminaron las gradas en señal de desafío. Mientras las fuerzas de seguridad se alineaban para la oración de la tarde, la multitud corrió al campo y rodeó a los jugadores para hacerse selfis.
“Pido a los funcionarios del Ministerio para la Propagación de la Virtud que hoy no acosen a los jóvenes”, dijo a la multitud Shah Rasol Ehrari, jefe de la federación de fútbol de Herat. “Hoy es un día de alegría”.
Sorprendidos por la popularidad del equipo juvenil, los talibanes han recompensado a Alireza y a sus compañeros con autos y motocicletas.
Aunque el críquet sigue siendo el deporte más popular de Afganistán, la victoria en Baréin ha acelerado el auge del fútbol sala.
“El fútbol sala es más popular que el fútbol en las ciudades porque hay más canchas de fútbol sala que campos de fútbol propiamente dichos”, dijo Hamza Qasimi, uno de los ganadores de los Juegos Asiáticos de la Juventud.
Afganistán tiene mil canchas de fútbol sala en todo el país, 400 de ellas en Kabul, la capital, según la federación afgana de fútbol. La asistencia se ha disparado desde la victoria del equipo juvenil, según media decena de entrenadores y responsables de las canchas.
Una mañana reciente, una cuadrilla de trabajadores aplicaba bandas de caucho adhesivas en una nueva cancha de Chaprasak, una remota localidad de la provincia central de Daikondi.
“La selección nacional es muy buena; está despertando mucho interés”, dijo Khudadad Azizi, uno de los propietarios de la cancha, mientras el olor a pegamento flotaba sobre la superficie.
En los tramos escarpados de Daikondi o en las afueras de Kabul, la canchas suelen ser las estructuras más imponentes que hay: armazones de acero y focos que se elevan sobre terrenos vacíos. Por la noche, los edificios iluminados parecen naves espaciales.
En los meses más crudos del invierno, las canchas cubiertas se convierten en lugares de reunión, con decenas de aficionados que observan las canchas inmaculadas desde las gradas. En Dasht-e-Barchi, el barrio hazara de Kabul donde creció Alireza, el deporte se ha hecho ineludible. “No hay familia en la que un niño no juegue fútbol sala”, dijo Ghazanfar Arian, organizador de torneos en Kabul.
Alireza dijo que había soñado con unirse a la selección absoluta de Afganistán o a clubes profesionales de Europa, pero que en lugar de eso piensa cumplir los deseos de sus padres y estudiar medicina.
Por ahora, su atención sigue enfocada en el terreno de juego. Se está entrenando para los Juegos Olímpicos de la Juventud que se celebrarán este año en Senegal, donde está previsto que compita la selección afgana.
“Teníamos esa fuerza en Baréin, que nos encontrábamos fácilmente en el campo”, dijo. “Cuando Afganistán está unido, podemos ganar”.
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