Honduras

Honduras: Una cultura que peligra igual que la Biósfera del Río Plátano

La supervivencia de las tradiciones ancestrales de los habitantes nativos de La Mosquitia está íntimamente
relacionada con la protección del bosque. Ir a Especial: Ciudad Blanca

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07.04.2014

Existe entre las mujeres pech del poblado de Las Marías, en el corazón de la Biósfera del Río Plátano, la creencia de que si bailan de día provocarán el disgusto de los dioses. Pero como una excepción una vez al año no hace daño, le mostraron al equipo de EL HERALDO una danza de sus antepasados acompañada de una rítmica melodía y la coreografía de sus vistosas faldas tricolor.

En las Marías habitan indígenas de las etnias pech y misquita, que han unido sus vidas para perpetuarse en el corazón de la reserva cultural de la Biósfera del Río Plátano. Además de los eventuales bailes nocturnos, para no disgustar a los dioses, la vida diaria transcurre entre la caza, la pesca y enviar a los niños a la escuela o colaborar con las labores agrícolas en pequeños lotes de tierra a los que llaman “trabajaderos”.

Desde este rincón del departamento de Gracias a Dios al que se llega en pipante, sus habitantes claman por acciones que frenen el peligro que acecha la supervivencia de su cultura, íntimamente ligada a la de la biósfera.

Zona cultural en riesgo

La falta de recursos económicos que padece la población rural del país, la poca presencia de las instituciones del Estado y la ausencia de respeto a las leyes de protección forestal y cultural están afectando gravemente a las comunidades indígenas que habitan la zona de protección cultural de la Biósfera del Río Plátano.

La agricultura de subsistencia y la ganadería extensiva a la que se dedican los colonos procedentes de otras partes del país que invaden estas tierras les están robando su forma de vida a los nativos y la oportunidad de atraer turistas.

“Ellos vienen arrasando el bosque y lo que quieren es potrero (…) lo sentimos, porque se está perdiendo” la biósfera, dice Evalencia Herrera. Esas prácticas agropecuarias se han extendido hasta el río Plátano, el último río virgen de Honduras y protegido por ley en toda su extensión. Han invadido la zona de uso múltiple y están por llegar a la zona núcleo, de la que solo los separa media hora de camino.

El futuro del río Plátano, según la líder pech, es algo muy semejante a la realidad del río Paulaya, donde el bosque se ha reducido considerablemente en las últimas décadas.

Ministerio de las etnias

Para el viceministro de la Secretaría de Estado en los Despachos de los Pueblos Indígenas y Afrohondureños (Sedinafroh), el problema en La Mosquitia radica en que los indígenas son “considerados los más pobres de los más pobres de Honduras”.

Por esta razón, existe el Sedinafroh para hacer valer los derechos de un sector de la población con identidad, necesidades, e incluso legislación particulares.

“Sedinafroh existe para cubrir las necesidades de los 9 pueblos indígenas en Honduras y representarlos en la capital. Es importante saber que la población indígena, a pesar de que no existe un senso particularizado, representa el 12.5% de la población nacional”, explica el viceministro.

Ante la cantidad de derechos colectivos de los indígenas que el Estado no ha podido hacer efectivos, se creó en 2010 la Secretaría de Estado en los Despachos de los Pueblos Indígenas y Afrohondureños (Sedinafroh). No obstante, dice el viceministro Edy McNab, “tenemos que entrar en sinergia con las otras dependencias del Estado para que estos derechos se puedan cumplir”.

Reconoce que en esta región de Honduras, el derecho a la salud no ha sido efectivo. “Velamos para que lleguen hasta las comunidades medicamentos importantes como antidiarreicos y suero antiofídico“, explica McNab.


Derechos colectivos

Los pueblos indígenas, por petición de Sedinafroh y por seguimiento del mandato 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), tienen derechos colectivos sobre sus tierras.

“Si usted trae a un misquito de las Marías a Tegucigalpa, usted lo desarraiga. Allá (en la Mosquitia) tiene su río, sus animales y su forma de vida. Aunque esto suene raro a alguien de la ciudad, no sabemos si algún día tengamos que volver a vivir así, con la naturaleza”, opina el viceministro de Sedinafroh.

Además, explica, sin la tierra no puede reproducirse la cultura. “Estamos condenando a ver morir a la gente y a su propia cultura. Tenemos que respetar la forma que ellos escogen para vivir. Es una alternativa legítima”.

Pereza institucional

Uno de los principales retos que enfrenta la zona cultural de La Mosquitia es encontrar una fuente de ingresos económicos, como el turismo sostenible, en armonía con la identidad cultural y el medio ambiente en el que viven estos pueblos.

“El IHT hace mucho ruido acerca de Copán, Roatán y lo que ya está conocido, pero no los veo tomar ninguna iniciativa para promover La Mosquitia o los modelos ecoamigables. Siento que las autoridades no creen en el ecoturismo. Saben que estamos acá”, dice el viceministro Edy McNab, quien se considera parte del pueblo misquito.

Indiferencia

Los derechos ancestrales de los indígenas de La Mosquitia se desconocen rotundamente, afirma el dasónomo y explorador nativo de esta región, Jorge Salaverri. “Ni los Derechos Humanos ni la Fiscalía de las Etnias ni el Ministerio de las Etnias intervienen en los problemas de la invasión de tierras que se están produciendo”.

Pareciera a veces que La Mosquitia no fuera parte del territorio nacional, por la indiferencia con que se trata a sus pobladores, dice Salaverri.

En los últimos veinte años, “y fuertemente en los últimos 10 años”, afirma que se ha visto acelerado el avance de la frontera agrícola de hondureños mestizos provenientes del resto del país. La frontera agrícola ya llega a las orillas del río Plátano.

“Los ancianos están alarmados y no hayan a quién recurrir. Su forma de vida está siendo amenazada. Antes mirábamos huellas de tapir y jaguar cerca de Las Marías. Ahora es raro verlas”.

Advierte el dasónomo que la zona cultural está en total abandono, igual que el resto de la biósfera. Lo peor es que la frontera agrícola y ganadera está activa y avanza hacia las tierras protegidas de los pueblos misquito, pech y tawahka, sin importar el uso actual de la tierra y los derechos ancestrales de los indígenas.