¿Qué pasará con la pequeña “Gabriela” cuando salga de la prisión? Hoy, jugar con muñecas, hacer atolondradas caminatas en los pasillo y saciar su hambre con leche en un biberón son parte de su rutina, pero en un par de años se irá de la cárcel y no habrá padre o madre que la reciba en una casa.
¿Qué pasará con “Gabriela”?, es la pregunta que atormenta a su madre, de nombre ficticio “Diana”, quien está procesada por extorsión y podría enfrentar una pena de 15 años y teme que su niña quede sin ninguna protección paterna.
Ambas viven en la Penitenciaría Nacional Femenina de Adaptación Social (PNFAS), en Támara, Francisco Morazán, y son parte de los binomios madre-hija que están en ese centro de detención.
La progenitora, en su desespero, suplicó que “el Presidente nos dé una segunda oportunidad a nosotras las extorsionadoras porque queremos salir con nuestros hijos de la mano por ese portón, que se toque el corazón porque creo que él tiene hijos”.
Existen 10 infantes que conviven con sus madres en la PNFAS dentro del módulo especial Casa Hogar Cuna, mientras que otras tres están embarazadas y próximas a da a luz.
Algunos infantes como “Gabriela” tienen a madre y padre en prisión y cuando cumplan cuatro años tendrán que ser separados de su mamá para vivir con otro familiar.
Esto supone un reto para los párvulos, pues saldrán al mundo exterior sin la instrucción de algunos de sus progenitores y cargando el estigma social de haber vivido su primera infancia entre rejas y luego tener a sus padres en la cárcel.
¿Delincuentes en potencia?
El Estado no hace ningún tipo de seguimiento a estos menores cuando se les separa de sus madres, pese a que el desarrollo de un infante sin sus padres representa un grado de vulnerabilidad y lo expone a caer en riesgo social.
El director del Instituto Penitenciario, Santos Simeón Flores, aseguró que el ambiente que rodea al menor dentro de la PNFAS lo convierte en un “delincuente en potencia”.
“Una madre que tiene a su bebé acá y su marido no viene a verla es un problema, entonces parece que se siente abandonada, eso desajusta a la madre; ese desajuste lo transmite al menor, ese menor sale con defectos ya y al final tenemos un delincuente en potencia”, enfatizó el comisionado de policía retirado.
Pero la responsabilidad no solo es del Estado, aclara Flores, sino que debe de existir involucramiento de los sectores de la sociedad para mejorar la atención de los menores y evitar que la prisión sea caldo de cultivo para la creación de futuros criminales.
No obstante, la titular de la Comisión de Transición de Centros Penales, Jeny Banegas, dice que sí hay un programa especial de investigación para conocer si el menor que sale del PNFAS corre algún grado de riesgo social.
“Se supone que hay que darles seguimiento, precisamente es por eso que la trabajadora social y la psicóloga le dan un seguimiento, ellas van a cada lugar después de que cada niño sale de aquí, después ellos les dan un seguimiento para ver cómo los están tratando, los están formando y así seguirles si están estudiando o no”, remarcó.
La encargada de la unidad de Trabajo Social, María Magdalena, explicó que cuando a un menor le toca salir de ese recinto se indaga qué familiar lo puede recibir y si no tiene a nadie se busca que alguien lo cuide en un albergue o es trasladado al Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia (Ihnfa).
Pero una vez que sale de la prisión no hay continuidad en la vigilancia del menor, ya sea que esté con un familiar o en un centro especial.
Otra función de Trabajo Social es tramitar permisos para que salgan a socializar con otros miembros de su familia fuera de los muros de la prisión.
Con la vigencia de la Comisión de Transición de Centros Penales se creará un archivo con expedientes psicológicos de cada menor para determinar qué infante manifiesta alguna tendencia de riesgo.
Carencias
En la PNFAS existieron épocas en los que había hasta 40 niños viviendo con sus madres y al sacarlos de prisión no se sabe qué fue de ellos, si siguieron el camino equivocado por el que anduvieron sus padres u optaron por ser hombres y mujeres de bien.
Las condiciones en que viven estos nenes es mejor a la que existía años atrás, ya que en el pasado no había una área exclusiva que estuviera remodelada para ellos y convivían con el resto de la población penitenciaria que no tiene hijos en el recinto.
Pero otras carencias están a la vista: no hay presupuesto para alimentación o medicinas para los infantes.
La madre que no recibe ayuda económica de sus familiares para comprar alimentos a sus menores tiene que conformarse con el raquítico menú de arroz y frijoles que se da en esa cárcel atestada por 280 prisioneras pese a que su capacidad es de 150.
La comisionada Banegas indicó que se han hecho algunas gestiones para que la dieta de las prisioneras y, consecuentemente, de los menores no sea tan deficiente en terminos nutricionales
“Estamos buscando donaciones, aumentar el presupuesto, pero todavía no tenemos nada de propuestas”, dijo la funcionaria.
De momento esa entidad ha pedido asistencia en víveres a la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco) y la Cruz Roja Hondureña.
Iglesias y organizaciones no gubernamentales también brindar ayuda con ecofogones y cierta alimentación.
Y mientras las autoridades prometen hacer esfuerzos para mejorar las condiciones de los menores dentro del penal y darles seguimiento cuando salgan de la cárcel, nadie responde qué pasará con la pequeña “Gabriela” cuando tenga su “carta de libertad”.
+
Honduras: Hijos purgan las penas de sus madres en prisión de Támara