Honduras

En medio de su dolor, reclusos recuerdan milagros y heroísmo

Confiesan que temieron por sus vidas y que vieron cómo se apagaban las de otros. Describen además una escena dantesca.

07.04.2014

La vida les ha dado una segunda oportunidad, pero no sin antes marcarlos de por vida.

Se trata de los sobrevivientes de la tragedia que consumió la vida de 355 penitenciarios el pasado martes en el centro penal de esta ciudad.

La Secretaría de Seguridad habla de 497 sobrevivientes, incluyendo los que están en el centro penal y los que son atendidos en los centros asistenciales del país: hospital Escuela de Tegucigalpa
y hospital Santa Teresa de Comayagua.

Los relatos son realmente desgarradores y evocan en la mente películas de terror producidas al propio estilo holliwoodense.

Los sobrevivientes aún estilan temor y nerviosismo.

Sus ojos buscan refugio en lo que sea, no se atreven a cruzar la mirada con nadie, quizá para esconder el dolor de tener el cuerpo llagado por las llamas o porque quieren esconder el terror vivido esa noche.

EL HERALDO
se trasladó al hospital Santa Teresa de Comayagua
para dialogar con los sobrevivientes de los módulos cinco y seis.

Para llegar al recinto donde son atendidos estos 13 reos que están aún hospitalizados en ese centro, según la directora Dinora Mayes, hay que subir hacia un segundo piso, no sin antes obtener un permiso especial.

La directora del hospital comentó que por cuestiones de seguridad no permiten el ingreso a nadie, a excepción de algunos familiares, a la sala donde se encuentran los lesionados.

La sala es resguardada por policías penitenciarios que son relevados cada cierto período de tiempo.

El trato entre los reos sobrevivientes parece cordial.

Es evidente que en la mente de los reos solo cruzan dos pensamientos: el dolor de sus quemaduras y lesiones, y agradecimiento a Dios por estar con vida.

Hablar con ellos no fue complicado, solo pidieron no revelar sus rostros.

La mayoría de ellos descansaban. Los que estaban despiertos era porque no habían podido conciliar el sueño desde ocurrida la tragedia.

La directora del hospital confió que “todos los 13 pacientes están fuera de peligro, están estables, todos tienen menos del 35 por ciento de superficie corporal afectada y no están infectados, que ese es uno de los principales problemas con los quemados”.

Los internos que hablaron con EL HERALDO en el hospital evidentemente estaban afectados por la difícil situación que atravesaron, no es para menos, se habían escapado de un trágico final.

La dureza y la templanza que pudieron haber tenido al momento de haber cometido el delito que los puso tras las rejas, quedaron hecho añicos después del incendio.

Lágrimas en sus ojos y voces resquebrajadas por alguna fuerza interna atrapada en sus pechos, son solo algunos de los síntomas que los doctores del Santa Teresa no han podido diagnosticar y menos curar.

Las confesiones de los sobrevivientes revelan que sintieron miedo, cobardía y rogaron a Dios para que les diera una segunda oportunidad.
Hermetismo en centro

La situación en la granja penal es totalmente diferente. Los pocos reos que tienen el privilegio de salir de la cárcel para llevar comida, agua, ropa o donaciones al interior del centro, son esquivos y huraños.

Muy pocos, y con justa razón,
quisieron recordar lo vivido la noche del martes 14 de febrero.

Salen resguardados de policías penitenciarios, quienes apresuran a los reclusos para que no se detengan a hablar con los medios.

La situación de la mayoría de los reclusos en el interior de la granja es estable, aunque se informó que cerca de 40 privados de libertad tienen fracturas en extremidades inferiores y presentan otro tipo de enfermedades.

“Me eché dos cobijas en el lomo y jugo de naranja... cinco segundos más y me muero”

José Enrique Guevara Gálvez yace sentado en una cama del hospital Santa Teresa de esta ciudad. Su pie derecho está fracturado, su espalda tiene quemaduras de tercer grado y está vivo de milagro.

José Enrique es uno de los cuatro sobrevivientes del recinto número 6, donde comenzó el incendio que segó la vida de 355 reos. En el bloque 6 murieron cien personas.
El milagro de estar con vida lo acredita a la voluntad de Dios y a la protección que le brindaron dos cobijas y varias bolsas de jugo de naranja.

“Yo me levanté y la gente gritaba ‘fuego... fuego’, escuchaba alaridos, fue triste... no se sabe cómo comenzó el fuego, todo se prendió de un solo”, relata.

“Cuando yo me levanté, me tiré al piso cerca del portón, para mi suerte mi cama está cerca del portón de salida, me eché una cobija encima del lomo, agarré unas bolsas de jugo de naranja que uno hace para vender y me los eché encima”.

José Enrique se toca el ojo derecho. El fuego lo quemó. Este día se moviliza a Tegucigalpa para tratarle esa quemadura. “Casi quedo ciego, pero siento que el fuego se me mueve dentro del ojo”.

Sus tatuajes de la espalda fueron sustituidos por la nueva marca que le dejará el incendio del pasado martes. “No he podido dormir, siento unos calores bien fuertes, pero lo que más me quita el sueño es recordar cómo murieron mis amigos”.

Cuenta que estaba con uno de ellos tirado en el suelo, pero cuando abrieron el portón solo vio a su compañero que se consumía en las llamas.
“Cuando pasó ‘El Chaparro’, el enfermero del centro, por el pasillo le dio con un banco al candado del portón y aproveché a salir, pero mi compañero se achicharró, cinco segundos más y me muero”.

José Enrique amplió que salió corriendo del bloque número 6, pero iba con la espalda llena de fuego, “me tiré de un muro y allí me quebré el pie”.

Era como un horno, el vapor salía por todos lados, era demasiado, nunca había visto algo igual, confesó José Enrique. Junto con José Enrique lograron salir del bloque 6 los reos: Alex Benítez López, Luis Antonio (sin apellido) y Nery Ricardo Gómez, según el listado oficial de la Policía.

“Cuando yo estaba tirado en el suelo dije ‘bueno, Diosito, hasta aquí nomás’ porque yo solo sentía el olor a carne quemada, todo oscuro, negro, por el piso y el fuego lo halaba a uno, ¡ni quiera Dios!”, recordó.

“Cuando logré salir me tiré al suelo, y les dije a los guardias ‘aquí me quedo, aquí no me muero’, ya estaba alegre por tener mi vida”, dijo.

“Vi cuando a los del módulo 6 se les caían los cachetes... y se hacían chiquitos”

Alberto Colindres, estaba recluido en el módulo 5. Según el censo del penal habían 104 personas en esta bartolina y al final solo contestaron 42 cuando las autoridades penitenciarias pasaron lista... murieron 62 de esa celda.

Colindres también está en el hospital Santa Teresa.

Con cierto nivel de nerviosismo, por el episodio del martes en la noche, confesó que “me sentí cobarde, los del módulo 6 me pidieron ayuda, pero me sentí cobarde, vi cómo se le caían los cachetes y la carne de los brazos cuando se agarraban de los barrotes”.

“Varios muchachos brincaban para que les ayudáramos, pero nosotros estábamos encerrados también, yo solo veía cómo se hacían chiquitos, el fuego los consumía”.

Colindres dice que al ver cómo se quemaban los del módulo 6, los de su bloque decidieron romper el techo para escapar por allí.

“Estábamos saliendo, todo pasó tan rápido, en cuestión de segundos, que cuando yo estoy saliendo solo siento que una ola de fuego me alcanza por arriba del techo y me agarró la espalda”.

Colindres cayó al piso que da frente al módulo 6 y sus compañeros le empiezan a pedir que abra el portón, pero “si me quedaba un poco más me moría, yo ya estaba quemado”. “En eso vi que venía ‘El Chaparro’ (el enfermero, que terminó abriendo la celda número 6) y salí corriendo, me sentí cobarde, porque todo estaba caliente, el portón estaba hasta rojo por el fuego, si lo tocaba me quemaba”.

Confiesa que no se arrepiente de la decisión que tomó, aunque dice que le hubiera gustado haber hecho más por sus compañeros, ya con su fortaleza quebrantada. Sus ojos muestran la carga que llevará de ahora en adelante. Llora y esconde la mirada. “No podíamos hacer nada... no podíamos hacer nada, solo le pedí a Dios por esas personas”, repitió ya con la voz quebrantada por el dolor que yacía en su pecho.

“Parecía que entró el diablo, fue terrible, caían el pelo, se hacían chiquitos, la manteca hervía, olía a carne y sangre quemada, era un caos, un solo desastre... yo pedí a Dios por todas esas almas, para que las tenga y las guarde en su reino”.

Al momento de la entrevista Colindres estaba muy afectado por la situación que vivió en el centro penal. Confesó que desde hace años buscó el apoyo de Dios, y que él por eso lo bendijo dándole otra oportunidad de vivir.

“Yo le pido a los jóvenes que se retiren de las cosas malas, muchos amigos míos han muerto, caer en la cárcel no es bueno... hay que apartarse, buscar de Dios, hoy estoy vivo por su gracia, estoy quemado, es cierto, pero tengo vida por Él”.

Parecía que estaban tostando maíz

Plutarco López Beltrand, uno de los reos sobrevivientes del incendio, comentó que “el relajo comenzó minutos antes de las 11 de la noche, yo escuché la gritazón, y después como que estaban tostando maíz, había una tronazón por todos lados”.

“Fue una situación que ocurrió rápido, ni cuenta nos dimos la mayoría, fue una cosa increíble”.

Los policías comenzaron a gritar, a preguntar a los reclusos que dijeran en cuál de las bartolinas era el incendio.

“Yo pensé que se querían escapar y por eso no salí de la bodega que cuido, porque yo trabajo con el proyecto de agricultura y me toca cuidar los insumos”, detalló.

Pero transcurrieron pocos segundos hasta que la curiosidad le ganó la partida a don Plutarco y decidió salir para ver qué estaba pasando.

“Solo salí y vi aquella humazón, los policías hacían disparos de alerta para que no se escaparan y luego varias explosiones, que creo que eran televisores o equipos, porque sonaban más o menos”, dijo.

Los bomberos llegaron rápido, entraron y apoyaron para controlar el fuego, aseguró.

“Las llamaradas sobresalían varios metros, pero me volví a meter de nuevo porque había una tronazón y una tirazón y no quería salir herido por las balas, suerte que la bodega que estaba cuidando estaba lejos del fuego”.

Don Plutarco salió de la bodega hasta que los policías penitenciarios hicieron un llamado a todos los reos para pasar lista
de asistencia.

Dios hizo una maravilla al sacarme del módulo

“Yo escuché disparos y la gente gritando, eso me hizo regresar, porque estaba cuidando unos cerdos en una chanchera que está retirada de los módulos normales y no podía creer lo que estaba viendo”, relata don Rosendo Sánchez.

No pasó mucho tiempo para que el fuego consumiera todos. “Eran las 10:45 de la noche, fue viviendo cuando mire a unos compañeros que salieron corriendo por el fuego”.

Don Rosendo tiene dos años de gozar del derecho de preliberación y eso le otorga el beneficio de atender ocupaciones en horas nocturnas que no pueden desempeñar otros reos.

“Era tremenda la situación, gritaban que les abrieran los portones, pero como todo fue muy rápido no hubo tiempo”, lamentó.

Don Rosendo dijo que después del incendio ingresó a los módulos incinerados porque “quería buscar a unos amigos que no veía entre los sobrevivientes, unos que se salvaron me dijeron que se habían calcinado, pero no lo creía, quería verlos”.

“Eran cuatro amigos los que tenía, amigos desde que estábamos en la escuela, nos llevábamos bien y me da pesar que se hayan muerto todos”, sentenció.

Dos emociones son evidentes en dos Rosendo. Por un lado, la tristeza por haber perdido a sus amigos y, por otro la alegría de estar con vida.

“Fue una maravilla lo que hizo Dios conmigo porque si hubiera estado adentro me hubiera carbonizado también, yo estaba en el módulo número 10, allí murieron varios amigos míos”, concluyó.

‘El Chaparro’ salvó a muchos porque abrió las puertas

Mauricio Contreras fue uno de los privados de libertad que fue atendido en uno de los centros asistenciales del país después del incendio y que ayer regresó al centro penal.

“Estábamos dormidos, bien triste acordarme de eso, yo me levanté y el fuego estaba regado por todas las bartolinas... no quedó de otra que salir por el techo, por eso me quebré el pie, pero estoy alegre de tener mi vida”, dijo.

Mauricio dijo que ‘El Chaparro’ hizo una gran labor al abrir varios de los portones de las celdas y que por él muchos están vivos hoy.

Otro de los sobrevivientes es Rubén Antonio García López, un recluso que habitaba en el hogar 1 y asegura que a pesar de estar lejos del centro de las llamas ellos pudieron escuchar los gemidos, llanto y desesperación de sus compañeros.

“Lo único en lo que pensábamos era en encontrar la forma de salvar nuestra vida, por eso empezamos a romper el techo”, solloza y continúa su relato.

García López describe como un milagro el hecho de estar con vida “le doy gracias a Dios porque tengo el privilegio de contar esto, la verdad, si no rompemos el techo para poder salir no estaríamos vivos, yo vi a muchos de mis compañeros muertos es horrible lo que pasó”, manifestó.

García estaba recluido en la celda 7 y dice que el fuego se expandió en segundos, que empezó en el 6, pero no les dio chance a muchos de salir con vida.

En su celda, según el censo del penal habían recluidos 77 personas y solo aparecen 15 sobrevivientes, el resto, o sea 62 personas estarían muertas y desaparecidas.