Las oportunidades laborales en el interior del centro penal de Choluteca se forjan a base de artesanías y oficios que los privados de libertad han logrado aprender de manera autodidacta o de generación en generación.
De acuerdo con las autoridades, el 50 por ciento de los reclusos, es decir, cerca de 280 personas, se ocupan cada día en la fabricación de diferentes artículos. Son 571 presos los que conforman la población de la granja penal.
En la cárcel se fabrican artesanías de diferentes precios, desde los 20 lempiras hasta muebles para vivienda que alcanzan precios de más de 2,000 lempiras.
Llaveros, pinturas, artesanías recicladas, redes de pesca, hamacas, collares y muebles escolares, entre otros productos, son comercializados entre las visitas.
Martín Salgado ingresó hace un año al centro penal y desde las primeras semanas decidió elaborar llaveros y cuadros con mensajes cristianos para generar ingresos económicos para él y su familia que quedó fuera del centro penitenciario.
“Mi familia es pobre y no me puede traer dinero para cubrir mis necesidades”, contó Salgado mientras mostraba parte de sus creaciones.
En otra zona más amplia que en la que se encuentra Salgado encontramos a Jaime Castillo, otro recluso que gana dinero a través de la fabricación de palmeras elaboradas con material reciclado. Los artículos que vende Castillo fueron creación de su propia iniciativa, debido a que nunca antes recibió curso alguno para realizar este tipo de producto.
El entrevistado aprendió la técnica del corte y armado de los adornos al caer en prisión, lo mismo sucede con la mayoría de los artesanos del penal quienes a diario se insertan en el mercado laboral sin que antes fuesen preparados por instructores. “Nosotros aprendemos viendo a otros compañeros, pues lo que urge es ganar dinero”, dijo Castillo.
Al continuar con el recorrido por el interior del centro penitenciario aparece un improvisado taller de carpintería donde un grupo de hombres se dedican a cortar madera para fabricar muebles.
La zona de trabajo, que no demanda más inversión que la adquisición de los materiales, es el lugar donde laboran los artesanos de las redes de pesca y hamacas. Este tipo de productos al igual son vendidos en varias regiones del país.
Los pupitres escolares son comercializados a un costo de 300 lempiras, las hamacas cuestan entre 1,200 a 2,000 lempiras y las atarrayas entre 1,000 a 1,500 lempiras, pues varía el costo según el tamaño de la red de pesca.
Vendedores fuera del penal
El jefe del centro penal, Salomón Ferrera, dijo que la mayoría de los internos que se dedican a trabajar provienen de hogares de extrema pobreza.
Es así que algunos hasta deben enviar dinero desde la penitenciaría para que sus familiares puedan alimentarse.
Las personas que se encargan de vender los productos que se fabrican en este lugar son los familiares, manifestó Salomón Ferrera.