Cuando se apagan las luces del MGM Grand de Las Vegas y el show comienza, emerge una figura que representa una realidad compleja y fascinante. Teófimo López sale al ring con la confianza callejera de Nueva York en sus pasos, pero sobre sus hombros lleva el orgullo de toda Centroamérica. Su certificado de nacimiento puede decir Brooklyn, pero su sangre y su corazón laten por Honduras. Él es el nuevo tipo de persona de la identidad doble, la pertenencia más allá del lugar donde se lloró por primera vez.
El boxeo es un deporte de historias y la de "The Takeover" es una de las más candentes del momento. Antes de cada gran pelea, los analistas estudian cada variable física y mental de los boxeadores. En cualquier casa de apuestas, las cuotas oscilan en función de las estadísticas, pero hay un elemento intangible que a menudo parece favorecer a López. Es esa hambre de gloria que viene de la historia migrante, ese deseo de probar que pertenece a la élite, que puede cargar con la bandera de sus padres en lo más alto del podio mundial.
Un estilo bilingüe
El estilo de boxeo de Teófimo es un reflejo de su vida; tiene la limpieza técnica, la disciplina táctica de los mejores gimnasios olímpicos de Estados Unidos, pero su boxeo tiene un ritmo y una explosividad muy de la escuela latina. No es un luchador que busque el choque, es un francotirador rítmico.
Su victoria sobre Vasiliy Lomachenko terminó de cimentar esta combinación mortal, ya que mezcló paciencia estratégica con explosiones de poder que destrozaron a uno de los mejores técnicos de la historia. López puede ajustar su plan de pelea en el acto, cambiando de guardia y ángulos con facilidad. Esta adaptabilidad lo hace impredecible para sus oponentes, que nunca saben si se enfrentarán al estilista neoyorquino o al fajador catracho que no rehúye el cuerpo a cuerpo.
Sangre catracha más allá de fronteras
Hay una anticuada y dolorosa discusión acerca de qué es la nacionalidad, pero para los millones de hondureños que residen fuera de su país, Teófimo es quien responde esa pregunta. Es una prueba de que no es necesario haber nacido en las calles de San Pedro Sula o Tegucigalpa para llevar los colores azul y blanco en el corazón.
Cada vez que alza un cinturón mundial, alza también el sacrificio de miles de familias que emigraron en busca de un futuro. Sus victorias se celebran igual en el Bronx que en La Ceiba. Teófimo ha reunido a un pueblo disperso, recordándoles que la identidad se lleva en la sangre y en la forma de vivir.
El showman que une al país
El deporte de hoy pide victorias y carisma a la par. López conoce el mundo del espectáculo como la palma de su mano; sus festejos acrobáticos —el mortal hacia atrás después de un nocaut— son una marca registrada que ponen al público de pie. Esa energía desbordante contagia y regala la alegría precisa.
En un país acostumbrado a las noticias sociales complejas, Teófimo es un bálsamo colectivo. Por los minutos que dura su pelea, en Honduras no existen ni políticos ni clases sociales. Todos en la misma esquina.
Teófimo López ha probado que se puede ser un ídolo mundial sin olvidar jamás de dónde se viene, el mejor y más ruidoso embajador de la catrachidad en el planeta.